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jueves, 3 de diciembre de 2015

La Via Laietana (1ªparte): el Palacio de las Comunicaciones, el Banco Colonial, la Compañía de Tabacos...

El paseo de hoy empezará por la Plaza de Antonio López y López, que nos da acceso a la Vía Laietana. Esta plaza se sitúa en lo que había sido el Convent de Sant Sebastià y els Arcs dels Encants, en ella encontramos uno de los monumentos de la ciudad al que menos apego tenemos los barceloneses. La estatua de Antonio López y López, más conocido como el marqués de Comillas, fue concebida por los mejores escultores de su época, a pesar de todo ello, solemos pasar por la plaza sin levantar la cabeza para admirarla. Se colocó en la plaza en 1884, tan sólo un año después de que el marqués muriera. Para realizar la estatua se utilizó el bronce que procedía de diversos barcos desguazados de la Compañía Transatlántica Española, compañía de la que era propietario. Si nos fijásemos en su pedestal podríamos distinguir unos versos de Mossen Cinto Verdaguer, así como el texto del telegrama que el rey Alfonso XII envió a la familia cuando se enteró de su fallecimiento.


Cuando se inauguró la estatua, Francesc Bru, cuñado del finado publicó “La verdadera vida de Antonio López y López” donde explicaba con pelos y señales la manera en que el patriarca del comercio había amasado su inmensa fortuna, traficando con esclavos en la isla de Cuba. Allí lo describen como un sujeto casi analfabeto, despiadado y cruel, para él, los negocios era explotar al prójimo usando todos los medios posibles, ya fueran legales o ilegales. Quería conseguir sus propósitos y beneficios al precio que fuera...

El señor López y López, era natural de Comillas, provenía de una familia pobre y esa pobreza le obligó a emigrar a Cuba, allí se casó con Luisa Bru (un buen casamiento pues la muchacha “era de posibles”, es decir que tenía dinero.) Y como solía suceder en la época en cuestión el marido se hacía cargo de la dote de la esposa y disponía del mismo. Con ese dinero adquirió barcos mercantes así como una gran plantación de café. Mientras ejercía como terrateniente en su cafetal, bajo mano, se saltaba la ley de 1829 que prohibía la trata de esclavos al norte del Ecuador.

En 1856, cuando ya su fortuna era considerable, se instaló en Barcelona, en casa de los Vidal-Quadras, otra familia de indianos enriquecidos. Estando en la ciudad condal, consiguió dos monopolios muy jugosos, el transporte de correo y el de tropas. Creó la compañía Tabacos de Filipinas, y junto a Manuel Girona fundó el Banco Hispano Colonial, el banco encargado de financiar las obras de la Vía Laietana (tal y como comentamos en un post anterior).
Como buen burgués se construyó una mansión señorial en el Paseo de Gracia y casó a su hija con el conde Güell, otro empresario que también se había enriquecido con el algodón de los estados esclavistas de Norteamérica.
Muchos eran los que no estaban de acuerdo en que se le erigiera una estatua a tal personaje, y hubo iniciativas singulares, como la del semanario La Campana de Gràcia, que propuso fundir la estatua y con el bronce que se obtuviera, acuñar monedas para así financiar a las instituciones que ayudaban a los pobres. Otra propuesta de la misma revista fue la de sustituir el monumento por otro dedicado a Jacint Verdaguer, que había trabajado en los vapores de la Compañía Trasatlántica Española, antes de ver la luz a través de una crisis de conciencia y que posteriormente le llevaría a dedicarse a exorcizar a la gente.
Al final la propuesta que triunfó fue la que practicaron los anarquistas de una manera expeditiva en 1936, fundieron al Señor López y convirtieron el bronce en balas.
Cuando acabó la guerra y se impuso el franquismo, se colocó de nuevo en su sitio una reproducción de la estatua realizada por Frederic Marés, este hecho no sirvió tampoco para mejorar la imagen que se tenía del señor López. Esta estatua es la que actualmente se puede contemplar en la plaza, no sé hasta cuando, pues la alcaldesa y varios grupos políticos tienen intención de cambiar el nombre de la plaza y seguramente a la estatua también la emplazarán en alguna otra parte
El edificio que está al lado de la plaza de Antonio López, en el número 2 de la Via Laietana, se encuentra el Edificio de la Trasmediterranea. Esta compañía se creó en 1916 cuando se fusionaron cuatro navieras españolas, a la que después se añadirían otras cuatro más, hasta que se alcanzó a tener una flota de unas 70 naves. Este edificio era la sede central, y fue obra del arquitecto Juli Maria Fossas. En la fachada se pueden ver pequeñas cabezas talladas que representan a los grandes navegantes, también se ve decorado con una C y una T, junto a un ancla de color rojo, nos da a conocer el antiguo logo de la compañía, éstas mismas letras las encontramos en hierro forjado sobre la entrada principal y en las dos farolas que se encuentran en sus laterales. La torre más alta del edificio, representa a un faro que se encuentra mirando hacia el mar.
En 1990 la compañía se vendió el edificio que acabó siendo sede de algunos juzgados, lo curioso del caso es que Trasmediterranea trasladó su sede central a Madrid en 1921, arguyendo la conflictividad existente en la ciudad por aquella época. La verdad es que es muy curioso que la sede central de una naviera se encuentre en una ciudad que, precisamente, no se encuentra junto al mar…
En la actualidad el edificio está ocupado por las dependencias de la Secretaria d’Universitats i Recerca de la Generalitat de Catalunya.
Enfrente de este inmenso edificio, nos encontramos con otro también muy interesante, se trata del edificio de Correos. Situado en la esquina de la Via Laietana, parece la puerta de entrada desde el mar hacia la ciudad. Este es uno de los últimos edificios que se construyeron durante la “Reforma” de la Gran Vía A, por no decir el último, pues data de 1927.
Si por el exterior ya es grandioso,cuando entréis en su interior quedaréis sorprendido por su techo abovedado en cristal, los frescos alegóricos que representan a Hermes, el emisario de los dioses y lo grande que es. Estos murales fueron encargados a los muralistas más renombrados de la época, como Francesc Labarta, Josep Obiols, Francesc d’Assís Galí y Francesc Canyelles. Hay mucha simbología sobre la comunicación, como la paloma mensajera, la cometa, el globo, el aeroplano y el barco.
Pero tal vez lo que pocos saben es que un día, a un empleado de correos al que le quedaba poco para jubilarse del departamento de Telégrafos de Correos, le encargaron la ardua tarea de revisar y clasificar miles de carpetas que habían quedado arrinconadas en el Palacio de Comunicaciones de la Via Laietana, que era como se conocía en un principio. Todos estos documentos eran anteriores a la fusión de las dos empresas públicas, Telégrafos y Correos,  y que se produjo a finales de los 70.
Así que el buen hombre, cargado de paciencia y buen hacer, se dedicó a ordenar y buscar entre tanto papeleo, y encontró ciento de historias personales inéditas y conmovedoras.
Como lo que les ocurrió a los telegrafistas que habían cumplido las órdenes bajo el mando republicano, que fueron duramente represaliados por el nuevo régimen. Entre los papeles quedó reflejada las “purgas” que sufrieron los trabajadores por falta de afinidad ideológica, y que sufrieron tanto los de un bando como los del otro.
Durante el periodo franquista, se solía adjuntar a los expedientes laborales un apartado extra, conocido como “observaciones”, donde los cargos del régimen especulaban sobre la vida personal de sus trabajadores, sus ideas políticas, e incluso sus tendencias sexuales… además se anotaban las rebajas de categoría, el freno a posibles ascensos o los traslados forzosos dependiendo de lo que se hubiera plasmado en dichas “observaciones”. El trabajador en cuestión encargado de recopilar los archivos, Pedro de la Prada, ha escrito un libro al que ha llamado Expediente KDO. KDO era la abreviatura de querido que se empezó a usar de una manera espontánea entre los telegrafistas para dirigirse a los compañeros desconocidos.
Algunas de las historias que se pueden leer en el libro son como las del repartidor de Berga, que fue despedido a dedo en 1942 por sospechas de homosexualidad, al parecer se carteaba con un soldado y el comandante de éste interceptó la carta, al parecerle inapropiada la envió al alcalde de Berga acusando al telegrafista de ser un “invertido”, el alcalde se comunicó con el Jefe de Telégrafos de Barcelona, y éste con el de Madrid, consecuencia de todo ello: el trabajador fue expedientado y despedido.
No es el único caso, a otro trabajador, que fue visto en una procesión religiosa haciendo el saludo fascista con el brazo en alto, el problema es que sólo extendió cuatro dedos, el pulgar escondido, hizo “sospechar” que la mano simbolizaba las cuatro barras catalanas, así que lo expedientaron y lo detuvieron, lo suspendieron de empleo y sueldo, el hombre alegó y ganó el juicio, pero cuando le comunicaron la noticia ya había muerto.
La familia del propio escritor sufrió en sus carnes las represiones que se estilaban por aquella época. Su padre fue condenado a muerte por llevar a cabo su trabajo de funcionario, al final la pena se conmutó por un año de prisión y 30 años de inhabilitación como telegrafista. Sus abuelos que también eran telegrafistas también fueron expedientados, a su abuelo lo trasladaron de Mallorca a Sevilla, mientras que a su abuela de Sevilla a Barcelona, vamos un sin sentido.
Al lado del edificio de Correos se encuentra la antigua sede del Banco Hispano Colonial, cuyo presidente era el marqués de Comillas y que financió la apertura de la Via Laietana, debajo del reloj se encuentran las iniciales de la entidad bancaria, ahora acoge el Hotel Colonial Barcelona, del grupo Gargallo, un cuatro estrellas muy bien situado en pleno Barrio Gótico.

Al otro lado de la calle hay un inmenso edificio, una muestra del monumentalismo de Francesc Guàrdia, que se representa con la grandiosidad del mismo y con las figura humanas que se encuentran en la puerta principal, figuras que son prácticamente a escala real. Este antiguo edificio de la compañía de Tabacos, actualmente acoge la delegación de Hacienda en Barcelona, aunque seguimos conociéndolo como el Edificio de Tabacos.




Al otro lado se encuentra la Escola Àngel Baixeras, obra del arquitecto Josep Goday. Los esgrafiados fueron encargados al pintor Francesc Canyelles, y cubren las tres fachadas del edificio. Esta escuela lleva el nombre del ideólogo de la Vía Laietana, del que ya hablamos en un post anterior. Cuando el hombre muere en 1892, el ayuntamiento compró los derechos de los proyectos a su hermano. Cuando se abrió el testamento se dieron cuenta que el señor Baixeras había dejado en herencia a la ciudad la cantidad de 500.000 pesetas de la época a condición de que se construyera una escuela pública municipal que reuniese las condiciones idóneas para la educación, con educadores que sirvieran de modelo para las siguientes escuelas que se crearán en la ciudad. La verdad es que el panorama educativo en la ciudad en aquellos tiempos era deficiente, había tan sólo 93 escuelas públicas unitarias que se repartían unos 14.360 alumnos en pisos alquilados y con pésimas condiciones higiénicas y pedagógicas. Mientras que las escuelas privadas eran 475, y acogían a unos 34.853 alumnos. La población analfabeta de Barcelona estaba entre el 40 y el 50%.
Gracias a esta iniciativa el ayuntamiento aprobó un presupuesto extraordinario de Cultura, y estableció la creación de cuatro escuelas que debían aportar neutralidad religiosa, bilingüismo, dignificación de los maestros y coeducación, esta renovación pedagógica se fijará en el Método Montessori.  Si queréis conocer algo más os recomiendo leer este blog.