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jueves, 18 de abril de 2019

La ÎLe-de-la-Cité (I): los orígenes de Nôtre-Dame

La île-de-la-Cité es el centro histórico de la ciudad desde que los Galos, los Romanos y los Francos se instalaron en una isla en medio del Sena. En la parte occidental de la isla estaba el palacio galo romano que más tarde sería ocupado por merovingios y, que Felipe el "Hermoso", de la dinastía de los Capetos, manda reconstruir en el siglo XIV.

En la actualidad ocupa el lugar el Palacio de Justicia. La parte oriental se destina a los ritos religiosos, pues ya en el años 362 d.C. existía una lugar de culto en el lugar que actualmente ocupa Nôtre Dame. Pronto surge una ciudad eclesiástica en torno a ella, el baptisterio, el palacio episcopal, el Hôtel-Dieu y el cabildo. 

Más tarde, cuando la sede de los reyes se traslada, el aspecto de la zona cambia pues ya no son necesarias las amplias plazas y calles para las fiestas de la corte, con lo que aparecen numerosos callejones estrechos, que, tras la remodelación hecha por el Barón Haussmann nos da el aspecto actual.

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En la época medieval la isla es un laberinto de calles estrechas de un metro o metro y medio de ancho, las casas suelen tener de 5 a 6 pisos, con fachadas de 15 metros sobre el nivel del suelo, cada piso adicional se proyecta un poco más que el inmediato inferior, hacia el centro de la calle, de manera que el escalonado dificulta la visión del cielo y hace que los callejones sean aún más oscuros y lúgubres.

En la parte NE de la isla están la Rue de la Colombe y la Rue des Ursins, situadas en el antiguo barrio de la catedral, antes separado del resto de la ciudad por una muralla con tres puertas. La entrada al barrio estaba estrictamente reglamentada y totalmente prohibida a las mujeres, aunque se solía hacer la vista gorda cuando algún cardenal necesitaba explayarse con alguna que otra mujer de vida alegre dentro de estos muros. 


By Sudharsan.Narayanan (Notre Dame  Uploaded by Paris 17) [CC BY 2.0 (http://creativecommons.org/licenses/by/2.0)], via Wikimedia Commons
El Parvis de Nôtre-Dame, o Plaza de la Catedral, en cuyo centro hay una placa de bronce que señala el centro geográfico administrativo de París, el KM 0, desde donde se miden todas las distancias kilométricas del país. 

Bajo la plaza podemos visitar a los largo de los 117 metros de la cripta arqueológica, las ruinas de numerosas casas de los siglos XVI y XVII, y la iglesia merovingia de Saint Etienne. Estas construcciones galo romanas se descubrieron por casualidad, cuando se excavaba para construir un garaje subterráneo. Se accede a ellas por la escalera del garaje.

En el extremo oriental de la isla, cuna de la ciudad medieval, se encuentra el monumento más bello de la ciudad: Nôtre-Dame, sucesora de los altares en honor de los dioses galos y posteriormente romanos, se erigió en el siglo VI una basílica cristiana que tras ser destruida por una de las muchas invasiones normandas en el siglo IX, pronto será reconstruida, ampliada y embellecida. 

Luís IX y el canónigo Maurice de Sully, deciden que ya es hora de que la ciudad posea una catedral digna, donde celebrar los actos religiosos y acoger al gran número de fieles con que contaba la ciudad por entonces. Pronto se convertirá en el escenario de un buen numero de acontecimientos que cambiaran el curso de la historia. 

El lugar donde deciden construirla, ya era considerado como un lugar sagrado en tiempos prehistóricos, los asentamientos encontrados así lo demuestran. En el siglo IV se erige una iglesia paleocristiana sobre los restos del templo galo romano que ya existía en el siglo I d. C.

Esta iglesia paleocristiana dedicada a San Esteban (Saint Etienne) será la que dará lugar a la nueva catedral.
Durante los casi dos siglos que dura su construcción todas las técnicas y estilos de la arquitectura gótica se utilizan en su diseño. 


Se pone en movimiento a miles de canteros, carpinteros, herreros, escultores y vidrieros a las órdenes de Jean de Chelles y Pierre de Montreuil, que trabajan duramente a lo largo de los años, a pesar de que las obras suelen suspenderse las tardes de sábado y vísperas de fiesta, el domingo y las fiestas de guardar (al menos 30 al año), eso sin contar las interrupciones debidas al mal tiempo.

Es por ello que Nôtre-DAme cabalga entre dos épocas de la arquitectura religiosa, será la última gran catedral de tribuna (como la de Saint-Denis) y la primera con arbotantes, imitada 30 o 40 años más tarde por las de Estrasburgo, Reims o Chartres. El coro y la nave eran de un gótico temprano, pero fueron reconstruidas en un gótico más puro, como el del crucero, mientras que la fachada principal es de transición.

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En la superpoblada Cité todo el mundo participa de un modo u otro en la gran empresa: el rey y los clérigos junto con los nobles contribuyen económicamente, así como las corporaciones y los gremios; los más pobres prestan sus brazos y fuerzas a la obra colectiva.

El proceso será largo, muy largo, y se divide en cuatro etapas que irán cambiando el proyecto original y darán lugar a lo que actualmente podemos contemplar. A lo largo de más de un siglo, unos agrandan los ventanales, con el fin de iluminar su interior, otros reemplazan esas vidrieras por cristales blancos. 

Se ponen y quitan estatuas y motivos. La catedral está en continuo cambio hasta que en 1802, Napoleón, al rendirle culto se da cuenta del lamentable estado en el que se encuentra después de tanto cambio, está en tan mal estado que los organizadores de su coronación deciden "vestirla" con tapices y banderas para disimular sus desnudos muros.

Viendo el panorama Victor Hugo, indignado, incita mediante su gran obra "Nôtre-Dame de París" a escritores, artistas y políticos, a pedir a Luis Felipe una restauración completa del edificio, la cual se encomendará a Viollet-le-Duc, el mayor restaurador del reino en cuanto a edificios medievales se trata. 

Gracias a Dios que el escritor aún no había nacido cuando la "insigne parroquia de Francia" era un antro más bien peligroso. Durante los siglos XV y XVI la única parte del edificio que se usa para actos religiosos es el presbiterio, que esta separado del resto de la iglesia por el crucero. 

Mientras se oficiaban las misas, por la nave y los laterales se paseaban animales, las prostitutas hacían negocio y se cometía algún que otro asesinato amparado bajo la oscuridad de la catedral.

La importancia de esta "parroquia de la historia de Francia" tal y como alguno la ha bautizado es inmensa y trascendente. En 1239 Luis IX, más conocido como San Luís, va descalzo por la nave central llevando la corona de espinas hacia el altar mayor de la catedral, pocos días antes de su partida hacia la VII Cruzada contra el infiel. 

En 1302 Felipe el Hermoso abre los primeros Estados Generales del Reino. 270 años después tiene lugar en ella una curiosa boda entre Margarita de Valois de 19 años, hermana del rey, y que se encuentra sola en el coro, se casa con el hugonote Enrique de Navarra, futuro Enrique IV, y más conocido como "le vert galant", que recibió al mismo tiempo los esponsales delante de la fachada principal de la catedral. 

Esta boda tan poco común por su forma de celebrarse, conllevó a un matrimonio aún más poco común. Los futuros reyes de Francia apenas se conocían cuando se casaron, la boda fue concertada por la gran Catalina de Médicis, para así poder controlar a los protestantes o hugonotes, y a su cabecilla, el mismísimo Enrique de Navarra. 

La reina madre no contaba con que su hija, muy ambiciosa, se aliaría con su esposo para llegar a ser reina de Francia. La ambición de los dos esposos dio sus frutos tras abjurar del protestantismo, pues tal y como dijo Enrique IV "París bien vale una misa". 

Otra boda célebre sería la de María Estuardo, reina de Escocia, con Francisco II de Francia, que por aquel entonces era todavía el heredero y fue el 24 de abril de 1558. Esta vez parece que el matrimonio es feliz hasta que muere el rey. A partir de quedarse viuda la historia de María Estuardo no será sino un sucederse de pasiones desenfrenadas y escandalosas, de guerras, conjuras y crímenes, hasta la llegada de su trágico fina,l en el patíbulo, dónde, a los 45 años y tras pasar 20 años encarcelada por orden de su prima Isabel I (hay veces que más vale tener a la familia bien lejos) le cortaron la cabeza.

En 1660 tras haber escuchado el Tedéum por la boda de Luis XIV, la catedral acoge la banderas capturadas al enemigo por el Mariscal de Luxemburgo, al que se conoce como el tapicero de Nôtre-Dame.

Mademoiselle Maillard
Con la Revolución, se confiscan los ornamentos litúrgicos porque el Estado necesita el oro, incluso se funden todas las campanas, a excepción de la campana mayor, pues el ejército necesita bronce para sus cañones. 

En el altar mayor, abatida la estatua de Nuestra Señora, se sienta mademoiselle Maillard, una cantante de arrabal que será convertida en la Diosa Razón a la que, desde este momento, se consagra la catedral, al igual que el resto de las iglesias del país, ahora en manos de curas que se han pasado al bando revolucionario, tenían motivos para ello, ya que la Revolución les ha liberado del voto de castidad. 

Durante la Comuna de 1871 toda la catedral estuvo a punto de perecer cuando los "comunards" hicieron una fogata con las sillas y bancos en el coro, afortunadamente el edificio se salvó gracias a la falta de aire y a la humedad de las paredes.

El 2 de diciembre de 1804, la catedral se encuentra totalmente recubierta de andamios, carteles y toda clase de decorados mientras recibe al Papa Pío VII, quien será el encargado de coronar a Napoleón. Pero Napoleón se corona a sí mismo, y el Papa sólo ha hecho acto de presencia, bueno, más bien de sumisión, sólo hay que verle la cara en el cuadro que pintó Louis David. Un año después, tras la victoria de Austerlitz, todo el pavimento se cubre con las banderas y estandartes tomados a los austríacos.

La planta de Nôtre Dame es de las más sencillas: una larga nave central y un coro cruzados por un gran transepto, y flanqueados a todo lo largo por dos naves laterales. Resulta ser que esta catedral no es ni la más amplia ni la más alta que nos haya legado el arte gótico pero es sin duda alguna, una de las más armoniosas donde caben más de 9.000 personas.

La fachada central se compone de tres plantas superpuestas que se completan con dos torres cuadrangulares, el conjunto resultante puede leerse como si fuera un libro. La primera planta consta de una triple portada, coronada por la Galería de los Reyes en el centro. 


La Portada del Juicio:  (en el centro) dominada por una estatua más bien modesta de Cristo enseñando a sus apóstoles. Al escultor anónimo de la obra no le faltaba sentido del humor, ya que junto a San Mateo podemos ver a un fiel que se aparta la melena para poder oír mejor. 

En el bajo relieve están las Doce Virtudes que se oponen a los Doce Vicios, la pureza está representada por una salamandra, el orgullo mediante un hombre que es arrojado de un caballo, en dos pilares, a uno y otro lado de Cristo destacan las Vírgenes prudentes y las Vírgenes necias. 

Debajo la representación del Juicio Final: los muertos salen de sus sepulturas, San Miguel pesa las almas, los elegidos ven abrirse el cielo, mientras que los condenados siguen a los demonios (incluido un obispo). En la parte superior del tímpano está representada la Redención.

La Portada de la Virgen: (a la derecha) aquí podemos ver a la Virgen madre majestuosa con la serpiente a sus pies. Los tres profetas y los tres reyes llevándola a los cielos, la muerte y la coronación. Destacan los bajorrelieves con trabajos propios de los distintos meses, para los ricos y para los pobres, ofrece una interesante ilustración de lo que era la vida cotidiana.
La Portada de Santa Ana: (a la izquierda) está formada en gran parte por piezas escultóricas del siglo XII, en el parteluz encontramos a San Marcelo luchando contra un dragón (es una copia, el original está en el Museo de Cluny). En el doble dintel podemos ver diferentes escenas de la vida de Santa Ana, en el tímpano se observa a tamaño natural la estatua del monarca Luis VII el fundador de la catedral gótica, acompañado de Maurice de Sully.

Encima de las portadas se extiende la Galería de los Reyes de Judá y de Israel antepasados de Cristo según San Mateo. Las 28 estatuas que miden 3,5 metros de alto, fueron destruidas en 1793 durante la Revolución, pues los revolucionarios las confundieron con las de los reyes de Francia. Reconstruidas por Viollet-le-Duc, en 1977 se encontraron una veintena de las cabezas originales.




Sobre el portal central se destaca el gran vitral circular de la roseta, de casi 10 metros de diámetro, uno de los elementos más notorios de la fachada. Sin embargo, este vitral no es el más grande de la catedral, ya que las fachadas norte y sur presentan vitrales de 13 metros de diámetro. Por encima de la roseta, una hilera de columnas y luego las dos torres con campanario completan la cara oeste.


Una galería calada une las dos torres cuadrangulares, se la conoce como la Galerie des Chimiéres, se puede subir a ella a través de unas estrechas escaleras, y tener al ladito las gárgolas más famosas de todas. Las vistas de la ciudad son espectaculares y vale la pena pagar la entrada, primero se sube a la torre norte y luego cruzamos hacia la torre sur a través de la galería, y echarle una foto a la Striga (la de la foto) la gárgola que parece un vampiro. 
 Desde esta torre se puede visitar el campanario con la enorme campana de 16 toneladas que se llama Emmanuel, que solo suena en ocasiones muy especiales.



En las capillas de las naves laterales pueden apreciarse grandes telas de temas religioso, llamadas "mays", que el gremio de orfebres ofrecía todos los primeros de mayo a la catedral desde 1630 a 1707. 

En la parte trasera de la catedral se abre una plaza ajardinada, la Square Jean XXIII, que hasta el siglo XIX estaba cubierta de casas. En esta parte podemos ver la Portada de San Esteban, el tímpano ilustra la vida y lapidación del santo. Bajo las modernas estatuas de los apóstoles, se pueden ver curiosas escenas en bajorrelieves que evocan la época estudiantil del siglo XII. Sé que la fachada de Nôtre Dame es la más fotografiada de todas, pero la imagen en conjunto de todo el edificio visto desde la orilla de enfrente del río, justo desde la librería Shakespeare & Co. es una de las imágenes más bellas que podemos obtener.


 Lástima que esta magnífica vista vamos a tardar un tiempo en verla, después del incendio del pasado 15 de abril del 2019, ahora después de conseguir casi los 1.000 millones de euros hará falta que se pongan de acuerdo en como hacer la rehabilitación, si hacerla igual como la conocíamos o mejorarla en cuanto a aspectos de seguridad para que no vuelva a suceder...

         

     

miércoles, 19 de diciembre de 2018

Está realmente Voltaire en el Pantheón de Francia, o lo podemos encontrar en otros lugares...




El 4 de abril de 1791 la Asamblea Nacional había decidido que el Panteón debía acoger los restos o cenizas de los grandes hombres de Francia.

Uno de ellos era François-Marie Arouet, más conocido por todos como Voltaire que sería trasladado al Panteón de los Hombres ilustres de Francia.

Lo decidieron tan sólo 13 años despues de su muerte, ya que falleció el 30 de mayo del 1778. Tardaron un poco en tomar la decisión que finalmente se produjo el 11 de julio de 1791.

Pero no creáis que Voltaire se encuentra enterito en el Panteón, reposando para toda la eternidad… no, Voltaire se encuentra repartido por París, el corazón por un lado, el cerebro por otro, un pie fue robado, dos dientes extraidos como recuerdo… si queréis saber que pasó seguid leyendo…

El personaje 


François-Marie Arouet, tenía un ingenio cortante, una pluma imparable y una moralidad muy grande, tanta que no le importaba ser la nota discordante de la partitura, es por ello que acumuló muchos enemigos a lo largo de sus 84 años de vida.

Era un abierto defensor de las libertades civiles, y casi siempre enfrentado a la corona francesa, los poderosos lo odiaban mientras que los pobres, los oprimidos y los filósofos lo admiraban.

A lo largo de su vida se exilió varias veces fuera de Francia, sólo después de casi 50 años y tras un cambio político se le permitió regresar, lo malo es que el día después de su llegada, murió.
Lo precipitado de su fallecimiento, le impidió recibir los últimos sacramentos, pues el sacerdote al que se llamó para ello no llegó a tiempo. Sus familiares y admiradores decidieron que era mucho mejor mantener en silencio el deceso, sobre todo porque las autoridades eclesiásticas le tenían aún bastante rencor.

Y no sólo eran rencorosos con él los obispos y capellanes, sino que las autoridades de turno también le tenían cierta inquina, sobre todo cuando decidían prohibir sus escritos, y al hacerlo, lo que conseguían era aumentar proporcionalmente su influencia entre el pueblo. 



Château de Ferney         
A pesar de sus pensamientos y arengas anticlericales, Voltaire, quería que le dieran cristiana sepultura, no fuera el caso que se pasara la eternidad vagando como alma en pena.

Pero el obispo de París se oponía a que acabara enterrado en un camposanto, así que los sobrinos de Voltaire, monsieur D’Hornoy y el Abad Mignot, decidieron cumplir sus últimas voluntades.

Pero para que no saltase la noticia, y evitar que la iglesia se anticipase prohibiendo el entierro en Ferney, donde el filósofo quería ser enterrado, decidieron vestir al muerto, subirlo a un carruaje y sentarlo entre almohadones para su traslado a su nuevo lugar de residencia.

Querían hacer creer a cualquiera que los viese, que su querido tío se iba de nuevo del país, no que se dirigía hacia Scellièrs, en la Champagne, donde el Abad Mignot tenía jurisdicción para poder ser enterrado.

Al final lo sepultaron sin mucho boato dentro de la iglesia local. Ya llevaban unas cuantas misas cuando desde París llegó la orden de prohibir el entierro, “es tarde ya, está enterrado bajo cal…” se le ocurrió decir al sobrino así que sólo pudieron prohibir que se hicieran más misas en su memoria o se levantase cualquier monumento.

Pero Voltaire no fue enterrado completo, durante la autopsia que se realizó la noche del 30 al 31 de mayo hubo quien se quedó con algunas partes de recuerdo.
¿Donde estás corazón?

El corazón de Voltaire fue extraído a petición de su amigo el Marqués de Villette, que sabiendo que al filósofo le encantaba el Castillo de Ferney, donde había vivido casi durante 20 años, decidió comprar el edificio para exponer allí el corazón de su amigo.

Y así fue, la antigua habitación que habia acogido a Voltaire vivo, acabó acogiendo a su corazón durante casi un siglo. El corazón se encontraba sobre una columna, en mitad del dormitorio de Voltaire.





Los arduos tiempos que le tocaron vivir al ex marqués no eran para extravagancias inmobiliarias y el entonces ciudadano Villette, apremiado por los vaivenes económicos, tuvo que alquilar la propiedad, con el corazón incluido, a un caballero inglés. Criticado duramente por rentar el músculo cardíaco del filósofo, Villette decidió llevárselo a su casa de París.

Muerto el marqués, su esposa, ferviente admiradora de Voltaire, conservó el corazón del pensador en su palacio. La precaria inmunidad que le otorgaba esta reliquia, la usaba, paradójicamente, para proteger a sacerdotes que huían de los excesos revolucionarios.

Cuando a la ex marquesa le llegó su día, el corazón pasó en herencia a su hijo, oportunamente llamado Voltaire Villette. Pensando que esta herencia debía encontrar una residencia fija donde todo el mundo pudiese apreciar el corazón del gran pensador, ofreció la reliquia a la Academia Francia, pero esta declinó el ofrecimiento (al igual que había hecho con el cerebro). 


Curiosamente los ingleses se interesaron en el corazón de Voltaire y ofrecieron pagar una suma interesante pero para los franceses que el corazón del filósofo acabase en manos de la pérfida Albión era un sacrilegio.

Así que Voltaire Villette decidió que al no tener descendencia que se hiciera cargo de tan insigne reliquia decidió legarlo al obispo de Moulins. El pobre hombre escandalizado se lo quitó de encima legándolo en vida al gobierno francés.

Después de largos trámites judiciales, en 1864, Napoleón III decidió que traer el corazón del filósofo a París y colocarlo en la Biblioteca Nacional sería una magnífica idea. Para ello encargó al escultor Houdon que hiciera una estatua de yeso donde alojar el relicario de plata que contenía el corazón, aún está allí.

En Febrero de 1920, Monsieur Bérard para comprobar que el corazón de Voltaire se encontraba dentro del relicario en la Biblioteca Nacional no dudó en tomar una instantánea del acto.




¿Y el cerebro del pensador donde se encuentra?

Sí su amigo quiso preservar su corazón, Monsieur Mithouart, el boticario responsable de su autopsia y embalsamamiento, decidió que en su farmacia quedaría muy bien el cerebro del filósofo, en un botecito de cristal para que su clientela pudiera admirarlo, o más bien como reclamo publicitario.

Tras la muerte del boticario el cerebro de Voltaire, pasó a manos de su hija Virginia en herencia, que en varias oportunidades intentó donarlo a los gobiernos de turno sin que estos lo quisiesen.

En 1858 Virgina le pasó la reliquia a su prima madame Monard, que en 1924 lo entregó a la Comedie Française, testigo de los éxitos del escritor. Se decidió colocar el cerebro bajo la estatua de mármol de Houdon que muestra al filósofo cómodamente sentado.




Voltaire regresa a París, bueno más bien lo que queda de él…

Pasaron los años y su nombre siguió creciendo entre el pueblo francés, fue entonces cuando su viejo amigo el marqués de Villette, (el mismo que compró el castillo y tuvo el corazón en la habitación) y que ahora, gracias a la Revolución era el “Ciudadano Villette” escribió un artículo en el periódico La Chronique, donde instaba que los restos de Voltaire debían recibir un entierro digno al considerarlo uno de los padres ideológicos de la Revolución. ¿Y que mejor lugar para acogerlo que el Panteón, el santuario de los mártires liberales?

Los parisinos aceptaron gustosos la idea, pero no todos compartían el mismo criterio, pues la comuna de Romilly Sur Seine, donde estaba enterrado, y la Sociedad de Amigos de la Constitución de Troyes, querían quedarse con lo que quedaba del pensador.

En Mayo de 1791, se reunieron el Scellières todos para decidir que se hacia con los restos de Voltaire, los de Romilly y los de Troyes casi acabaron a golpes en las discusiones que tenían, suerte que los miembros de la Asamblea Constituyente Nacional llegaron de improviso para ser árbitros de la disputa.

Monsieur Leblanc, tras calmar los ánimos, leyó un acta donde se decía que Voltaire pertenecía al Estado Francés y que dejasen de pelearse que sería el estado el que decidiría.
Los disputantes se resignaron, pero no se rindieron, los habitantes de Troyes solicitaron quedarse con el cráneo, los de Romilly, un pueblo más humilde pidieron el brazo izquierdo. La respuesta fue negativa, el esqueleto enterito es del Estado Francés y por tanto no se va a repartir… pero alguien fue más listo, y entre tanta discusión un tal Mandonnet de Troyes se agenció con el tarso de Voltaire.

La discusión seguía agriamente, pero se pusieron de acuerdo en trasladar el esqueleto al pueblo más cercano, y conseguir un féretro más digno de Voltaire. Mientras iban de camino al pueblo, la rapiña continuaba, ahora los de Troyes se conformaban tan sólo con el pie izquierdo y lo cogieron.

A Voltaire le quedaban tan sólo seis dientes en su boca, pero dos de ellos desaparecieron por arte de magia. Uno de ellos fue a parar a manos de monsieur Charón, que era el encargado de transportar al filósofo y el otro lo tenía el periodista Jean Lemaître, se lo dieron como soborno para que no contara nada de situación tan bizarra.

Lemaître usó el diente como amuleto, y se lo legó a su sobrino que precisamente era dentista…

Así que los restos que quedaban de Voltaire comenzaron su regreso a París, para ello el pintor David montó un enorme catafalco con ruedas de bronce tirado por doce caballos negros, y colocó un cartel en el que se leía “Si el hombre nace libre debe gobernar y si sufre a los tiranos los debe destronar”.

La noche previa a su traslado definitivo al Panteón, su féretro descansó frente a lo que quedaba de la Bastilla, donde años antes había estado prisionero y donde en 1717 cambió su nombre Arouet por el de Voltaire.


No fueron muchos los presentes en el Panteón, entre los que estaban se encontraban Descartes y Mirabeau. 

Así que a la entrada del Panteón se encuentra “oficialmente” enterrado Voltaire, cerquita de su archienemigo Rousseau. 


Pero lo que quedaba de los restos de los huesos del pensador tampoco pudieron gozar de una paz eterna, pues reinstalada la monarquía el Panteón dejo de serlo para convertirse en Santa Genoveva, de nuevo una iglesia donde los curas se resistían a seguir dando misa mientras “estos dos miserables ateos” (se referían a Voltaire y a Rousseau) continuasen habitando las criptas de la iglesia. 

Luís XVIII, el nuevo Borbón que regresaba al trono, les soltó: "¡dejadlo en paz, está lo suficientemente castigado por tener que escuchar misa todos los días.!” Al final los féretros fueron transportados a una galería lejana, para que los feligreses no contemplasen a estos revolucionarios impíos.

En 1830, los cambios políticos de nuevo hicieron que los cuerpos de los dos revolucionarios regresaran a la cripta y Santa Genoveva se convirtiera de nuevo el Panteón de los hombres ilustres de Francia.