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domingo, 14 de agosto de 2016

Miguel Ángel Buonarroti, en Roma, cuarenta años para hacer la tumba de Julio II, la Capilla Sixtina...y alguna cosilla más.


Nacido en la Italia del renacimiento en la que los artistas solían ser idolatrados como dioses, Miguel Ángel Buonarroti destacó por encima de todos ellos. Fue el más amado y odiado al mismo tiempo. Nació en el seno de una familia de nobles venidos a menos, de los que huyó en su juventud y a los que más tarde quiso poner en el lugar que según él, les correspondía. 

Pero la familia no tenía su talento, más bien eran unos mediocres que nunca llegaron a la altura del genio, y durante mucho tiempo los mantuvo enfrentados. La falta de estabilidad económica que sufrió desde niño, y las pullas por el dinero de años posteriores, justifican sus excentricidades.

Era un hombre de un genio intratable, avaro e irascible, al que no le costó lo más mínimo enviar a paseo a algún Papa justo cuando ostentaban su mayor poder. Las exigencias que hacía a sus mecenas en materia de dinero eran desproporcionadas, dinero que utilizaba en sus obras, y lo que quedaba para él lo atesoraba sin gastar en desmedida, en eso era mucho más modesto que otros artistas de la época, como Leonardo, Rafael o Tiziano.

La inseguridad era patente en su genialidad, también era muy competitivo, como demostró en sus primeros días en el taller de Domenico Ghirlandaio en Florencia, y no quería admitir que nadie le hubiera enseñado nunca nada, y menos cualquier otro artista, en lugar de seguir el estilo de su maestro o el refinamiento de los artistas florentinos como Botticelli o Filipino Lippi, Miguel Ángel se remontó doscientos años atrás para fijarse en Giotto o cien en el caso de Masaccio. 

Quería transmitir que había asimilado el arte de la escultura a fuerza de la comprensión innata del diseño, una actitud bastante soberbia que combinaba con una absoluta indecisión. Cuando fue acogido por Lorenzo de Médici, el Magnífico, y siempre según cuenta Vasari en sus “Vidas”, un buen día la emprendió a puñetazos con uno de sus compañeros, Torrigiano”, que “movido por la envidia al verlo más reconocido y más valioso en el arte que él, le dio tal puñetazo en la cara con tal fuerza que le partió la nariz dejándolo señalado para siempre”. La verdad es que eran muchos a los que les habría gustado seguir el ejemplo de Torrigiano y partirle la cara más de una vez, pues digamos que de simpatía con el prójimo escaseaba.

Aquel puñetazo lo desfiguró y aún cimentó más su sentimiento de insatisfacción con su aspecto físico, hay que reconocer que guapo no era, ni siquiera resultón, él mismo se consideraba que estaba “al borde de la fealdad”,  si a eso le añadimos que no cuidaba mucho su aspecto y que comía frugalmente, el resultado podía ser decepcionante. Tanto, que, tras una visita de su hermano Buonarroto, cuando estaba en Roma, se quedó sorprendido de la manera en que vivía, dormía vestido y con el calzado puesto, y a veces cuando se quitaba las botas sus pies se despellejaban de tenerlas siempre puestas. 

Su hermano avisó a su padre Ludovico, y éste le envió una misiva advirtiéndole que mientras seas joven, podrás soportar durante algún tiempo estas estrecheces, pero cuando el vigor de la juventud desaparezca, entonces las enfermedades y achaques harán acto de presencia…” y como último consejo le decía “ante todo, evita la tacañería…” así que todos aquellos que tenéis la imagen de Charlton Heston en la mente cuando pensáis en Miguel Ángel, olvidaros del tema. Está claro, que si Hollywood quería vender la película, su actor principal no podía ser tan feo como cuentan los cronistas del Renacimiento.

Lorenzo de Médici fue su primer mecenas, el que le dio la gran oportunidad cuando lo acogió en su casa como uno más. Le dio una habitación en la casa y un sueldo de cinco ducados mensuales. Mientras vivió allí tuvo acceso a una de las mejores colecciones de arte romano antiguo que por aquel entonces existían. Tiempo después y ya con Piero de Médici, Miguel Ángel ocupó el lugar del que había sido su maestro, Bertholdo di Giovanni, que a su vez había sido discípulo de Donatello, como asesor en materia de antigüedades. 

Pero Piero no era el “Gran Lorenzo” y sus cálculos políticos le llevaron a perder el poder que tenía, se enfrentó al monarca francés Carlos VIII que avanzaba hacia Nápoles. Miguel Ángel decidió marcharse de Florencia antes de que llegaran los franceses, se dirigió a Roma donde contactó con Jacopo Galli, y se ofreció para trabajar como marchante y asesor en arte. 

Durante este tiempo no conseguía cerrar ningún encargo y necesitaba desesperadamente ingresos, no fue hasta 1497 cuando el cardenal Jean de Bilhères-Lagraulas, le encargó una Virgen María vestida, con el cuerpo fallecido de Cristo desnudo en sus brazos, para instalarlo en cierta capilla que pretendía fundar en la basílica de San Pedro; concretamente se trataba de la capilla de Santa Petronila, y la obra se trata de La Pietà que podemos ver justo cuando entramos en San Pedro, y de la que Vasari dijo “que nadie sueñe con ver un desnudo más divino, con tanta belleza y arte en sus miembros, ni un muerto que se parezca tanto a un muerto como éste”. 

El contrato entre el artista y el cardenal se firmó el 26 de agosto de 1498, en el que se estipulaba el pago de 450 ducados de oro, a condición de que estuviera terminada antes de un año. Y justo dos días antes de acabarse el plazo, Miguel Ángel la acabó, la pena fue que de Villiers no pudo verla acabada, ya que tan sólo había muerto unos días antes. Al final se colocó sobre la tumba del prelado en la capilla de Santa Petronila. Aunque siglos más tarde, en 1749, fue trasladada al lugar donde se encuentra ahora.

De echo el desnudo de Cristo fue muy controvertido, y no fue el único desnudo que levantó ampollas en el seno de la iglesia, pero Miguel Ángel se mantuvo firme en su determinación de pintar o esculpir desnudos para figuras sagradas.
En la primavera de 1501 volvió a su Florencia, allí consiguió un bloque de mármol abandonado en la Oficina de Obras desde hace años y que un maestro escultor no había sabido sacar nada de él.

En cambio él, en tan sólo 21 meses, consiguió hacer una obra magnífica, el David, de la cual Vasari dijo: “Los contornos de las piernas son bellísimos, la emoción y la esbeltez de las caderas, divinas y nunca se ha visto una postura tan dulce ni gracia semejantes a las de esta figura”. La verdad es que cuando estás delante del David, le das toda la razón a Vasari en su afirmación, porque impresiona, pero en lo de proporcionado digamos que no acertó mucho pues la suma de sus partes no constituye una figura humana real, ya que tiene el cuerpo y el desarrollo muscular de un adulto, pero en varios aspectos, sus proporciones son las de un muchacho.
Cuando la estatua se colocó a las puertas del Palacio Miguel Ángel dijo: "Como David ha defendido a su pueblo, así quien gobierne Florencia debe justamente defenderla y gobernarla con justicia".

Durante esa época, Miguel Ángel consiguió un buen aliado y amigo fiel, Piero Soderini, que había sido elegido Gonfaloniere vitalicio de Florencia; con el tiempo resultó ser su mecenas y partidario más importante de todos los que tuvo. 

Con el Papa Julio II, la cosa fue muy diferente, el choque de egos y voluntades de ambos dominó por completo gran parte de su relación. Julio II era iracundo, malhumorado y poco santo para ser el miembro más importante de la Santa Madre Iglesia. Durante casi once años el papa, gran amante del arte, apoyó y defendió a Miguel Ángel, pero también lo amenazó, lo rechazó y se enfureció con él, un montón de veces. Eran dos caracteres muy fuertes y ninguno quería renunciar a sus ideas, además, el artista solía comportarse ante Julio II o cualquier otro Papa para el que trabajó, como un igual, por lo que se permitía desairarlos e incluso echarlos de la Capilla Sixtina a maderazo limpio. 

Según Vasari, Miguel Ángel se encontraba trabajando en los frescos de la Capilla Sixtina y Julio II se moría de ganas por ver como iban las obras, pero el artista se negaba a dejarlo pasar, un buen día Julio II creyendo que Miguel Ángel se había ausentado de la ciudad entró a cotillear un poco, no había pasado de la puerta, cuando empezaron a caerle maderas desde los andamios, era Miguel Ángel que estaba lanzándole las tablas para que se fuera, al Papa no le quedó más remedio que darse la vuelta furioso y colérico sin poder contemplar lo que estaba ya pintado.

Pero la Capilla Sixtina no fue el único punto de desencuentro entre los dos, otro punto de roce fue a causa de la tumba que le había pedido a Miguel Ángel y que debía instalarse en San Pedro. El Papa, tenía problemas económicos y pensó en un momento dado que sería mucho mejor aplazar el proyecto y mejor usar el dinero en reconstruir San Pedro, que tenía casi 1200 años de antigüedad y corría peligro de derrumbarse. Para ello escogió a Donato di Pascuccio d’Antonio, y a Bramante, lo que enfureció sobremanera a Miguel Ángel que ansiaba liderar el proyecto (proyecto del que se haría cargo muchos años más tarde). 

Así que enfurruñado como un crío, le empezó a pedir más dinero para continuar con la obra, el Papa perdió los estribos y se negó incluso a recibirle, así que en uno de sus últimos intentos para hablar con el Papa, le escribió una misiva.: “Santo Padre, hoy me han obligado a dar media vuelta a las puertas del palacio por orden de Su Santidad. Por tanto, he de informaros de que en lo sucesivo, si queréis algo de mí, tendréis que buscarme en otro lugar que Roma”.

Así que ni corto ni perezoso, retiró todo su dinero del banco romano y se marchó a Florencia. El problema es que la Capilla Sixtina no estaba acabada, así que no le quedó más remedio a Julio II que pedirle de nuevo que volviera a Roma y soltar la mosca de nuevo.

En un principio lo único que tenia que hacer en la capilla era “pintar doce grandes figuras, variaciones sobre un tema sobre el que ya había pensado, e idear un entorno decorativo convencional” pero el genio decidió pintar una de las joyas maestras del arte de todos los tiempos, y encima el solito, ya que otro de los problemas que tenía Miguel Ángel, era que no sabía delegar y tampoco soportaba que nadie pudiera hacerle sombra. Es por ello que al principio del proyecto despidió a la mayoría de artistas amigos que había hecho venir de Florencia. Según Vasari el genio pidió que le mostraran algunos ejemplos de lo que eran capaces de hacer, pero cuando vio que no era lo que quería los descartó a todos y se encerró en la capilla para ponerse él sólo a trabajar. 


La Capilla Sixtina se acabó en 1512, poco antes de que el papa Julio II muriese, pero antes dio instrucciones para que su cuerpo descansara en la capilla de su tío Sixto IV hasta que Miguel Ángel decidiera terminar su propia tumba. Así que ordenó transferirle al artista unos 2000 ducados, que formarían parte de la suma total de 16,500 ducados que acabaría costando la tumba.

León X, se convirtió en el nuevo papa, se trataba de Giovanni de Médici que tenia la misma edad que Miguel Ángel, se conocian desde jóvenes, ya que ambos crecieron en la corte de Lorenzo el Magnífico. Durante los tres años siguientes, Miguel Ángel pudo dedicarse a la tumba de Julio II, y de 1513 a 1516 dio forma a las esculturas más imponentes de su vida: el Esclavo rebelde, el Esclavo moribundo y el Moisés. También se encargó de la fachada de San Lorenzo de Florencia, de la capilla de la familia Médici y la Biblioteca Laurentina por lo que la tumba de Julio II volvió a quedar relegada. 

Al papa León X, lo sustituyó Clemente que encargó al genio los diseños para la Biblioteca Laurenciana, que sería la primera obra puramente arquitectónica de Miguel Ángel. Cuando Clemente murió Miguel Ángel pensó que por fin podría dedicarse a la tumba de Julio II, pero poco le duró la tranquilidad ya que el siguiente papa (Pablo III) envió a buscarlo para encargarle que pintara el Juicio Final de la Capilla Sixtina. Miguel Ángel le comentó que estaba obligado por contrato con el duque de Urbino a termina la dichosa tumba, entonces el nuevo papa exclamó: “hace más de 30 años que tengo este deseo, ¿y ahora que soy papa no lo voy a poder realizar? ¡Dónde está ese contrato, que lo quiero hacer pedazos! así que para conseguir lo que quería proclamó mediante dos breves apostólicos que Miguel Ángel pasaba a ser “arquitecto, escultor y pintor supremo de nuestro Palacio Apostólico… y miembro de nuestra casa con todos los favores, prerrogativas, honores, deberes y preferencias de las que gozan o puedan gozar habitualmente nuestros familiares…” 

Así que nuestro genio se encontró con una renta de 1200 escudos al año para el resto de su vida, además de liberarlo de trabajar en la tumba de Julio II. No será hasta el 31 de octubre de 1541 cuando el Juicio Final se mostrará al mundo, habían pasado 8 años desde que el papa Clemente había “convencido” al artista de que aceptara el encargo, y cinco y medio desde que había comenzado a pintarlo. 

Según Vasari, la obra causo estupor y maravilla a toda Roma y al mundo entero, y él personalmente fue de Venecia a Roma para contemplarla.
Cuatro años más tarde, la tumba de Julio II estaba acabada por fin, y Miguel Ángel se había convertido en el arquitecto responsable de la basílica de San Pedro, mientras tuvo que trabajar para cuatro papas más (Julio III, Marcelo II, Pablo IV y Pío IV) por suerte para él no vio como el Concilio de Trento exigió que se taparan las “partes obscenas” del Juicio Final, el encargado de hacerlo fue su amigo, Daniele da Volterra, que tubo que ponerles bragueros y paños menores a todas aquellas figuras que enseñasen más carne de la debida.

Si la Capilla Sixtina como encargo, no acababa de complacerle, el que sí que fue uno de sus proyectos más ambiciosos sería el encargo que el papa Julio II le hizo. La tumba del papa Julio II fue su proyecto más ambicioso de su carrera, y el más largo, pues duró nada menos que unos 40 años y podría haber durado muchos más si no se hubiese reducido profundamente en comparación con la idea inicial que se tenía. El proyecto inicial era levantar una mole piramidal, con tres cuerpos, con 7 metros de altura y once de base, debía tener más de cuarenta figuras de mármol y varios relieves de bronce. Dentro habría una cámara funeraria de forma ovalada a la que se accedería como si fuera la "puerta del Hades" tal y como se hacía en el arte funerario de los antiguos romanos. El presupuesto para la obra era de 10,000 ducados y un plazo de cinco años para hacerla.
De I, Sailko, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=11394998
Reconstrucción del proyecto de Miguel Ángel
para la tumba de Julio II con fecha 1505 (1er proyecto).
Inspirado para la reconstrucción de F. Russoli de 1952

Esta tumba debía ser colocada en la Basílica de San Pedro, pero debido a un sinfín de trabas y vicisitudes, como que parte del dinero previsto para financiar la obra, se fue para remodelar San Pedro a cargo de Bramante, las continuas peleas y desacuerdos con su cliente y posteriormente con sus herederos, hicieron que al final fuese colocada en la basílica Eudossiana, construida allá por el 442 en una casa romana, y a petición de Licinia Eudoxia, la esposa de Valentiniano III, e hija de Teodosio II.

Esta antigua basílica es la que actualmente conocoemos como San Pietro in Vincoli. Y debe su nombre a los restos de las cadenas (vincula en latín) con las que habría sido encarcelado en la cárcel Mamertina San Pedro. Su aspecto actual se lo debemos a Julio II, que la mandó restaurar a principios del '500 haciendo reformas en todo el antiguo complejo, y todo para albergar la que sería su tumba.
La decisión de colocar la tumba de Julio II en esta basílica "menor" en lugar de la de San Pedro, le supuso al gran artista, tratar el tema con las palabras "la tragedia de la tumba". Pero hay que tener en cuenta que la familia della Rovere, de la que formaba parte Julio II, eran los mecenas de San Pietro in Vincoli, además de que Julio II, antes de ser escogido papa había sido el cardenal titular de la misma.
De las más de 40 estatuas originales que se preveían construir para la magnífica tumba, tan sólo se hicieron 7, de las cuales sólo 3 fueron esculpidas por el maestro. Y la más famosa de ellas es el Moisés, esculpida en 1513 representa a Moisés sentado, con las Tablas de la Ley bajo el brazo, mientras que con la otra mano se acaricia su larga barba. Ésta barba, según Vasari, fue tallada con tal perfección que se ve en ella más "un trabajo de pincel que de cincel".
By Miguel Hermoso Cuesta - Own work, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=33494937

Lo curioso de esta estatua, es que veréis que tiene unos cuernos en su cabeza, hay muchos que creen que esta característica proviene de un error de traducción por parte de San Jerónimo del capítulo del Éxodo 34:29-35. En este versículo a Moisés lo caracterizan por tener "karan ohr panav" es decir un rostro que emanaba rayos de luz... el problema es que San Jerónimo lo tradujo por "cornuta esset facies sua", vamos que "su rostro era cornudo", el error viene de que la palabra "karan" puede ser o "rayo" o "cuerno". Es por ello que Miguel Ángel cuando esculpió la estatua, a pesar de que se le advirtió que la traducción no era la correcta, él decidió que los cuernos se quedaban, tal vez estaba molesto y era una manera de demostrarlo, nunca lo sabremos...

De Jörg Bittner Unna - Trabajo propio, CC BY 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=46476422La verdad es que después de echarle una y mil fotos, cuando te plantas delante puedes observar que la parte derecha se contrapone a la izquierda, en ésta última se le ve tenso, refleja el malestar de Moisés cuando ve que su pueblo se ha vuelto idólatra. Mientras la parte derecha, sería la parte calmada, la divina, la que debe guiar a su pueblo. Podemos contemplar cuatro elementos neoplatónicos, el aire, lo podemos apreciar cuando respira, a través de las aletas de su nariz. La tierra representada mediante su pierna y los pliegues de su túnica. El agua estaría representada mediante sus barbas, haciendo cascada, y el fuego, representados por esos "cuernos". Moisés parece que está a punto de empezar a gritar, tiene el ceño fruncido y en cualquier momento parece que vaya a estallar de un momento a otro.
El artista pensaba que su Moisés era su creación más realista, la leyenda cuenta que una vez acabado, mientras lo contemplaba, el artista lo golpeó en la rodilla derecha mientras le decía "¿por qué no me hablas?" esperando a que tomase vida, aún se puede contemplar la marca del golpe.








domingo, 24 de julio de 2016

De cuando el Trastevere de Roma se encontraba poblado de torres medievales...


Nuestro paseo de hoy es por uno de los barrios más emblemáticos de Roma, el Trastevere. Pero en nuestro paseo nos fijaremos más bien en las torres medievales que lo poblaban. Actualmente quedan pocas, pero debemos imaginarnos que estamos en la Edad Media, no será muy difícil, pues las callejas y callejuelas que llenan el Trastevere ya nos pueden dar una idea de cómo debía ser.


Hoy en día es difícil de creer, pero en la Edad Media en Roma se contaron hasta trescientas torres, habían torres de iglesias, las torres de la muralla Aureliana, torres en edificios privados... lo que daba a la ciudad un aspecto verticalizado, y espinoso. 
Según un parágrafo de una guía medieval para peregrinos en Roma, escrita por el Maestro Gregorio la "Magistri Gregori Narratio de Mirabilibus Urbis Romae" está formada por libros o pergaminos en los que se da noticia de los lugares de interés de la ciudad de Roma, era una manera de ayudar a los peregrinos para que los pudiesen encontrar y visitar, de esta manera no se olvidaban de ningún monumento importante o iglesia durante su visita. 

En un principio eran simples enumeraciones, como una especie de catálogo de las sepulturas más veneradas, luego la cosa se fue complicando, se fueron agregando datos ya fueran reales o fabulosos sobre los lugares de culto y también sobre los monumentos paganos.


Los que visitaban Roma en aquella época, usaban estas guías de viaje, bueno más bien eran unos pergaminos donde estaban relacionadas las ruinas y lugares célebres de la antigüedad. Cuando apareció el Humanismo y la imprenta, esta especie de "guías turísticas" sirvieron como la base para los estudios renacentistas sobre la ciudad y sus monumentos. Y aún hoy en día siguen siendo una valiosa fuente de información sobre los monumentos que escaparon a los bárbaros pero que posteriormente fueron destruidos durante las distintas etapas de la historia de la ciudad.

En esta guía se encuentra la mejor descripción para estos torreones: "Tienes que admirar con extraordinario entusiasmo el panorama de la ciudad, en la que son tan numerosas la torres, que se parecen a las mazorcas de maíz".

La construcción de estas torres eran un privilegio que sólo podían llevar a cabo los que pertenecían a la aristocracia romana, era un símbolo de la ley feudal; las Casas Torre, se convirtieron en un modelo de vivienda muy popular entre la nobleza. Estas torres acabaron desapareciendo cuando se impuso el palacete Toscano, allá por el siglo XV. 

De los cientos de torres que había por la ciudad en la Edad Media, ahora apenas quedan una cincuentena, algunas de ellas muy famosas y que se encontraban aisladas, otras acabaron incorporadas en los edificios posteriores o camufladas entre los edificios que las rodeaban. Formaban parte de complejos edificios más grandes, que se componían generalmente de una pared con torres almenadas construidas contra la cara interior y la vivienda, así como la capilla, el almacén, los establos, el pozo, la cisterna... todo ello garantizaba la autonomía del lugar en caso de que sufriera un asedio.

En el Trastevere, en la zona delimitada del mapa superior, encontraremos las torres que paso a enumerar unas líneas más abajo.


Un buen ejemplo de dicha fortificación sería el Palazzo degli Anguillara, con la Torre de Anguillara, del siglo XV, a pesar de que ha sufrido grandes alteraciones a finales del siglo pasado. Se encuentra en la Piazza Sidney Sonnino.

Su fundador fue un tal Ramone que, según la leyenda, mató a un temible dragón que aterrorizaba Malagrotta; agradeciendo tal hecho, el Papa, le dio toda la tierra que podía cubrir en un día. Esa tierra se encontraba en la zona del Trastevere. Los Anguillara estaban relacionados con los Orsini, una familia muy poderosa de los Güelfos, mientras que eran enemigos acérrimos de los Prefectos de Vico, gibelinos y vecinos poderosos.

De la fortaleza medieval original tan sólo queda la torre de mampostería de ladrillo del siglo XIII, y que fue restaurada en la mitad del siglo XV, transformando la fortificación primitiva en un palacio renacentista. En 1542 hubo un terremoto que dañó el complejo, y acabó convirtiéndose en un establo y luego en una bodega. En el siglo XIX la propiedad pasó a manos de una familia de clase media del Trastevere, los Forti, que la usaron para instalar una fábrica de esmaltes y vidrios de colores. Al final, en 1887, el ayuntamiento decidió expropiarla para restaurarla. Ahora en el edificio está la Casa di Dante, un edificio donde se reunen los estudiosos y seguidores del autor.


Cerca, en la Via dei Salumi, se encuentra la Torre de los Tolomei, perteneciente a una antigua familia de Siena, que había decidido establecerse en Roma. Se encuentra en la esquina de la Via dei Salumi y la Via dell'Arco de Tolomei, es una pequeña torre de ladrillo, que formaba parte de un complejo más grande.

La antigua torre era más alta, pero se perdieron los últimos pisos, es por eso que para ser una torre está más baja que los edificios que la circundan. En su época de esplendor era justo al contrario, la torre sobresalía sobre todos los edificios que tenía a su alrededor. A la izquierda de la torre se abre el Arco de Tolomei, que ya existía allá por el 1358, se restauró en 1928. Es un arco medieval, cuya curiosidad es que como había escasez de ladrillos, éstos aunque estuvieran rotos se aprovechaban para la construcción. Lo curioso del caso es que la medida de los arcos por aquel tiempo,  y según una disposición de 1250, los arcos debían ser lo suficientemente altos como para permitir que una mujer lo cruzara con una vasija grande y una pequeña pudiera pasar por debajo.

Otra de estas torres es la Torre Margana, que toma el nombre de la familia Margani, que vivieron en ella desde principios del siglo XIV. Es una de las pocas que queda en pie, y que simbolizan el prestigio y el estatus de la familia, dependiendo del tamaño que tenía la torre en cuestión.

La Torre Margana es el punto de referencia para el pequeño enclave que la rodea, todos los edificios son centenarios y se encuentran atravesados por callejuelas laberínticas. El aspecto general de la torre se mantuvo casi sin cambios. Por encima del portal de acceso más bajo, en el lugar que ahora hay una galería de arte, se encontraba un taller.

En la Piazza della Scala, en el número 56 del barrio del Trastevere hay un edificio construido en el siglo XVIII que está en el lugar de una antigua torre medieval, la Torre della Scala, y que tal vez la usaron como parte del edificio. En su fachada podemos observar unos anillos de piedra, que eran muy típicos pues se utilizaban par hacer deslizar las estructuras de madera que tenían la función de puertas o puentes de paso. Se cree que en esta plaza pública había un complejo fortificado de la familia Stefaneschi, una de las familias más poderosas de la Roma medieval.

Pero tal vez de esta plaza, lo más interesante sea la Spezieria di Santa María della Scala, o sea la farmacia. Una antigua farmacia que se encuentra en el primer piso del convento de los Carmelitas Descalzos, junto a la Iglesia de Santa Maria della Scala. Es una pequeña joya que conserva el laboratorio farmacéutico y el molino original, así como los jarrones, las escalas, los alambiques par destilar, los morteros en los que se hacían las mezclas y pócimas. Los muebles, estanterías y ventanas son más recientes, del siglo XVIII. En un principio sólo era para cubrir las necesidades de los monjes, pues eran ellos mismo los que se dedicaban al cultivo de las plantas medicinales en su jardín, hasta que a finales del siglo XVII la farmacia se abrió al público en general. Pronto alcanzó tal fama que incluso príncipes, cardenales y los poderosos médicos de los papas eran clientes asiduos. De ahí que se la conozca como "la farmacia de los Papas".

Actualmente sólo se puede visitar haciendo una reserva al teléfono de la foto, en grupos de 15 personas, la visita es guiada y cuesta sólo 5 euros. No permiten hacer fotos, por lo que os he puesto un enlace para que la veáis un poco.


Dejamos atrás el Trastevere para ir hacia la orilla opuesta del Tíber, un buen lugar para cruzarlo sería a través del puente Palatino, si vais por el lado izquierdo podréis contemplar el Ponte Roto. 

En la Vía dei Portoghesi, 18, entre la Via dei Pianellari y la Calle del Oso, se encuentra el Palazzo Scapucci. Y que toma el nombre de la familia que lo poseía. Este edificio incorpora una torre medieval de ladrillo con "tufelli" en las esquinas de las cuatro plantas visibles. Sobre las ventanas de la planta superior, hay una cornisa de travertino, que nos recuerda las que podemos ver en muchos pueblos de la Toscana.

Lo curiosos de esta torre es su nombre, La Torre della Scimmia, es decir la torre del Mono. Aunque también se la conoce como la Torre Frangipane, la familia que la habría construido y habitado en sus inicios. Casi todo el mundo la llama la Torre del Mono, gracias a la leyenda que el novelista Nathaniel Hawthorne explicó en sus cuadernos de Francia e Italia. En lo alto de la torre siempre hay una candela ardiendo, en recuerdo del milagro que ocurrió. Según contó el novelista, hace más de cuatrocientos años este edificio estaba habitado por un noble y su esposa, que tenían un  niño recién nacido.

La familia poseía como mascota una mona, un buen día la mona jugando se llevó al niño con ella y se colgaba y descolgaba por la torre cargando el niño. Los padres de la criatura, junto a los vecinos viendo lo que ocurría se dedicaron a rezar a la Virgen como posesos para que ésta los ayudara. Tras unos cuantos rezos y plegarias, la mona se decidió a bajar con el niño y devolverlo a sus padres. El padre con su hijo en los brazos prometió que construiría un santuario para la Virgen, justo en la parte superior de la torre, por donde se paseó la mona, lo consagraría y siempre mantendrían una luz encendida en recuerdo y agradecimiento por los sucedido. A lo largo de los siglos el edificio ha ido cambiando de propietarios, pero siempre se ha mantenido la tradición de la candela encendida, un agradecimiento eterno a la Virgen.



                

domingo, 3 de julio de 2016

De como una casita de campo romana, acabó siendo la Villa Médicis, la Academia de Francia en Roma.



A pesar de estar casi en el centro de la actual Roma. La Colina del Pincio antiguamente no formaba parte de las siete colinas de Roma, pues se encontraba fuera del “pomoerium”, es decir fuera del recinto sagrado de la Roma antigua. En cambio se encuentra en lo que sería el interior del perímetro de las murallas Aurelianas construidas entre los años 270 y 273 d C.   

En el lugar que hoy se encuentra la Villa Medicis, Lucius Lucinius Lucullus decidió instalar unos jardines y una villa romana, estamos al final del periodo republicano. Entre el año 66 y 63 antes de Cristo. En esta villa y según cuenta Plutarco, Lucius recibió a Cicerón y a Pompeya.

Años más tarde Valerius Asiaticus se convirtió en su nuevo propietario e hizo construir durante el reinado de Claudio un gran jardín en terrazas, con un gran templo semi circular que estaba situado en el lugar que ocupa la iglesia de la Trinidad del Monte, este templo estaba dedicado a la diosa Fortuna. 

Messalina, la esposa de Claudio se fijó en la villa y sus maravillosos jardines, así que decidió que debían ser suyos. Para ello acusó a Valerius Asiaticus ante el César, su esposo, mediante falacias injustas. Ante tales acusaciones ante el César, el pobre Valerius acabó suicidándose en los mismos jardines, cortándose las venas. Messalina consiguió sus propósitos, la Villa era suya, lo que no sabía es que algunos años más tarde ella también acabaría muriendo en esos mismos jardines, bajo las armas de los soldados que envió su marido.

La villa de Lucullus acabó siendo propiedad imperial hasta la época de Trajano. Durante este tiempo fue ocupada por la familia patricia de los Acilii, que más tarde la cederían a los Pincii, éstos últimos serán los que darán el nombre actual a la colina. La colina del Pincio.

Cuando el Imperio Romano cayó en desgracia, la zona fue abandonada, estaba demasiado lejos de Roma. No será hasta el Renacimiento, que el lugar cobra importancia de nuevo gracias al cardenal Ricci da Montepulciano, que la adquirió en 1564; en ese momento tan sólo quedaba un pequeño edificio llamado “Casina Crescenzi” y algunos vestigios romanos como el templo de la Fortuna. 

El cardenal decidió construir un palacio, y lo encargó al arquitecto florentino Nanni di Baccio Bigio, el palacio se construyó en el mismo lugar que hoy contemplamos la Villa Médicis.  El pobre hombre no pudo ver acabados los trabajos de construcción pues murió, así que la finca se puso a la venta. 


El nuevo comprador resultó ser Fernando de Médicis, otro cardenal, éste lo era desde los trece años. Viniendo de la familia Médicis, era normal que fuera un amante de las obras de arte y un insigne mecenas. Tenía tantas obras acumuladas que necesitaba un lugar donde exponerlas. Y que mejor que un lugar como éste, a cuyos pies se extendía Roma. Así que en 1576 decidió comprar la finca y le encargó al arquitecto florentino Ammannati que realizara “un palacio digno de la grandiosidad de un Médicis”.

Apasionado como era del arte y de la antigüedad, Fernando concibió la Villa como un museo, con una galería para las antigüedades donde poder exponer su maravillosa colección de obras antiguas. Algunas de ellas como los bajorrelieves, estaban encastradas en la fachada que daba al jardín. Dicho jardín se realizó siguiendo el espíritu de los jardines creados por su padre en Pisa o Florencia. Lo que eran las ruinas del Templo de la Fortuna acabó siendo un belvedere desde donde contemplar los maravillosos jardines y como no, la Villa.

Un poco alejado se encuentra un pequeño pabellón, para su construcción se aprovechó una de las torres de vigilancia de la muralla Aureliana. Lo más destacado de este pabellón es su decoración interior, hecha por Jacopo Zucchi de 1576 a 1577, en tan sólo un año representó una pérgola llena de pájaros de todo tipo. El vestíbulo lo decoró un discípulo de Vasari y plasmó en el las diferentes vistas de la Villa en diversas épocas. También podemos ver las alegorías de las estaciones con escenas de las fábulas de Esopo.




La Villa Médicis se convirtió en el símbolo florentino en plena ciudad eterna, de sobra es sabido que florentinos y romanos no se han llevado nada bien a lo largo de su historia. Las rivalidades han sido profundas y parece ser que aún el tema no está solucionado. 
Sólo hay que preguntarle a un romano que piensa de un florentino y al revés, veréis que sólo están de acuerdo en que no se pueden ni ver. 


Es por ello que la construcción de esta magnífica villa mostraba a los romanos la ambición política que tenía el cardenal Fernando, quería demostrar el poderío de la familia Médicis ante Roma y al mismo tiempo intentar llegar al trono papal tal y como habían intentado hacer sus primos, de esta manera volvería la edad de oro de los Médicis a Roma.

El cardenal estaba encantado con su villa, disfrutando de sus jardines y contemplando sus colecciones, cuando fue llamado con urgencia a Florencia, su hermano Francisco se estaba muriendo y era necesario que él regresase a los dominios florentinos para suceder a su hermano en el ducado de la Toscana.

Aunque su partida fue precipitada, Fernando no se fue con lo puesto, al revés, se llevó todo lo que se podía llevar a Florencia, la mayoría de sus obras de arte, sus estatuas, tapices… y dejó lo justo en su maravillosa villa.

A partir de su marcha, tanto el casino, como las colecciones que quedaban y los jardines dejaron de mantenerse adecuadamente, como cuando estaba su propietario, y a pesar de que otro Médici sería su nuevo inquilino, éste la habitaría durante un periodo breve de tiempo, pues Alessandro, que sería conocido como el Papa León XI, tuvo un papado más bien corto, ya que murió tan sólo 26 días después de haber sido elegido.

De esta manera, la Villa Médicis acabó siendo una segunda residencia a la que solían acudir sus herederos cuando debían estar en Roma. Cuando los Médicis se extinguieron en su línea masculina en 1737, la Villa 
pasó a la casa de Lorena y, brevemente en los tiempos napoleónicos, al Reino de Etruria. Así es como acabó la Villa en manos de Napoleón Bonaparte, una vez la tuvo en sus manos decidió transferirla a la Academia Francesa en Roma. 


Pero pasaron doce años antes que que fuese cedida por completo a Francia, y pasase a suplantar la famosa Academia Francesa en Roma, que estaba sita en el Palazo Mancini. La nueva Francia tenía necesidad de poseer un edificio más adecuado para representar la “Grandeur de France” y del arte francés. Las negociaciones entre Francia y la Toscana fueron muy duras, al final el intercambio fue firmado en la ciudad de Florencia en 1803. Pero no fue hasta el siglo XX, concretamente en 1961 cuando la Villa se convertirá en la Académie de France à Rome.  Y será el pintor Balthus el que emprenderá una campaña de restauración bajo el espíritu del Renacimiento, gracias a él la Villa volverá a tener todo su esplendor. 

Cuando entras en el edificio, lo primero que te sorprende y que pocos saben, es que en la puerta hay una abolladura producida por una bala de cañón. La bala en cuestión en la actualidad se encuentra en la fuente que hay en la calle. La historia nos cuenta que en 1654, la reina Cristina de Suecia, que era protestante decidió abdicar y convertirse a la Iglesia católica, se vino a vivir a Roma, donde el Papa Alejandro VII la recibió con honores. Cristina, era una mujer muy culta e independiente, amiga de Gian Lorenzo Bernini y muy aficionada a montar a caballo y a romper moldes y reglas establecidas . Una vez durante un monumental enfado, disparó un cañón desde el Castel Sant’Angelo, con tan buena puntería que logró darle a la puerta de bronce de la Villa Médici.




Para visitar la Villa Médicis es necesario inscribirse antes en los mostradores de la Academia de Francia, hay pocas visitas al día y además los grupos son pequeños, es por ello que no os debe extrañar de que haya cola para hacerlo.


Nosotros la visitamos por la tarde, hacia el atardecer, para así poder disfrutar de una puesta de sol magnífica con la ciudad eterna a nuestros pies. Aquí os dejo el link por si interesa, las visitas son en inglés, francés, e italiano. Creo que en español no hacían.