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domingo, 6 de marzo de 2016

El Montmartre de fin del siglo XIX



Hoy nos trasladaremos a Montmartre de la mano de Aristide Bruant, al de final del siglo XIX, pero primero conozcamos un poco a nuestro guía. Resulta ser que Louis Armand Aristide Bruant nació en Courtenay, el 6 de mayo de 1851; a los 15 años se quedó huérfano de padre y se marchó de casa para buscarse la vida. En su camino hacia la capital se paseó por todos los bares donde podía mostrar sus talentos musicales. Siendo un muchacho burgués bien educado, no le costó nada aprender el lenguaje popular para usarlo en sus canciones; ataviado con su chaqueta de terciopelo negro, la capa, sus botas altas, la larga bufanda roja, y acortando su largo nombre se convierte en el gran Aristide Bruant. 
 A su llegada a París se dirige hacia la colina de Montmartre, donde empezará en los café-concerts, uno de ellos será el famoso Le Chat Noir. Cuando Henri de Toulouse-Lautrec empezó a frecuentar las tabernas y los cabarés, y lo conoció, se convirtieron en grandes amigos. En 1885, Bruant tenía el dinero suficiente para ser propietario de un cabaret en Montmartre, así que decidió abrir Le Mirliton, donde él era el cantante principal y maestro de ceremonias cuando presentaba a otros artistas que también contrataba.

Montmartre en la primera mitad del siglo XIX, había mantenido una vida entre bohemia y medio campesina. La “Butte” ha sido una extraña mezcla de ciudad y de campo, de casas y de jardines, de cabarets y de molinos, de mártires y de pecadores. Es por ello que en el siglo XVIII entró de lleno en la vida licenciosa para pasar a la bohemia en el XIX, pero siempre profundamente ligado a la pintura. Allí vivió (y murió de una caída a caballo) el pintor Gericault, los pintores Isabel, Delacroix, Vernet, Georges Michel (el pintor de los bucólicos molinos), pero no sólo vivían pintores también poetas, como Gerard de Nerval, primero como inquilino de una casita y después como cliente del manicomio del doctor Blanche.
El escritor Alphonse Karr, el dibujante y grabador Gavarni, el compositor Hector Berlioz… Nerval describía Montmarte como un lugar donde “existen molinos, cabarets, elíseos campestres y callejuelas silenciosas bordeadas de chozas, de granjas, de jardines de denso follaje, de pendientes abruptas y arroyos que fertilizan los pastos donde hay rebaños de ovejas y cabras vigiladas por muchachas de orgullosa mirada y firme paso de montañesas”.

De ese Montmartre poco queda, y lo que queda está medio escondido de los turistas que tan solo se mueven por la zona de la colina que da a París, si queréis saber donde se encuentra el auténtico Montmartre el descrito por Nerval, tenéis que visitar la ladera norte de la misma como si fuerais hacia Glignancourt, justo al contrario que la marea de turistas, pues tendréis que dejar las magníficas vistas de la ciudad a vuestra espalda.

A partir de 1880, Montmartre no sólo se convertirá en un refugio de pintores, artistas y poetas, sino que empieza a poblarse de una manera considerable, dejando atrás su aspecto pueblerino. Es el momento en que aparecen los primeros cabarets, los primeros clubs, los más sórdidos tugurios de canciones, los alborotados music-halls. Un año antes, el estrafalario Emile Goudeau fundó su semanario satírico “Les Hydropathes” (aquellos a los que el agua enferma) pero que tan sólo publicó sesenta números. Para grosería y libertaria el mítico cabaret “Le Chat Noir”, con Rodolphe Salis su propietario a la cabeza de una impresionante casa de locos donde todo el mundo tenía talento. El nombre del cabaret viene de la traducción de Baudelaire del cuento “El Gato Negro” de Edgar Allan Poe. Le Chat Noir estaba situado en el Bulevar Rochechouart, cuyo nombre venía de Marguerite de Rochechouart, abadesa de las monjas benedictinas de Montmartre a principios del siglo XVII. En 1885, el propietario del Chat Noir lo abandonó para trasladarlo a la calle Laval, fue entonces cuando se quedó con él Aristide Bruant pues había cantado en él, al ser el nuevo dueño decidió llamarlo “Le Mirliton”.

Otro cabaret muy conocido se trata del “Le Lapin Agile”, antiguo “Cabaret des Assasins” al que le habían cambiado el nombre para olvidarse de las riñas sangrientas que se habían producido en él, además contaba con litografías de grandes asesinos como Ravaillac (asesino de Enrique IV), o Troppman, un asesino en serie que acabó en la guillotina en 1870. Así que ya os podéis imaginar la clientela que tenía el local. 
A principios del siglo XX y salvándolo del derribo lo adquirió Aristide Bruant, y se lo confió a Père Fredé (Frédéric Gerard) un compañero suyo, pintor y ceramista que lo convirtió en un cabaret literario para bohemios, dónde en verano los clientes podían cenar en la pequeña terraza, bajo una vieja acacia, por solo 2 francos (incluido el vino). 
El nombre del local, traducido, significaría “el conejo ágil”, pero en realidad la etimología del nombre viene de la enseña “Le peint A.Gill” es decir, “lo pintó André Gill” un renombrado caricaturista del Segundo Imperio que en 1875 y por encargo del dueño un emblema para el local. Gill pintó en el muro exterior un conejo en el momento de escaparse de la cazuela así que el cabaret comenzó a ser conocido con el nombre del “lapin à Gill” el conejo de Gill, en poco tiempo el conejo acabó quedándose con el nombre del Lapin Agile.
Frédé era un hombre bondadoso y fortachón, que dejó una gran memoria en el barrio, pero la vida a principios de siglo no era tan sencilla como ahora, y más de una vez se había tenido que enfrentar el viejo Fredé con las bandas de maleantes, precisamente en una de esas peleas murió uno de sus hijos, pues se enfrentó en una lucha de puñales contra los celebres “apaches”

También era costumbre celebrar inauguraciones y entierros. De entre los muchos clientes que lo visitaron tenemos a Braque, Modigliani, Utrillo (que está enterrado en el cementerio de en frente, queda claro que no quería estar apartado del lugar, durante lo que le quedaba de eternidad). Picasso era cliente habitual, y para pagar sus deudas pinto un cuadro de un arlequín, el dueño lo tuvo colgado hasta 1912 en el local, cuando por cuestiones económicas decidió venderlo por 20 $ (un mal negocio pues en 1989 ese mismo cuadro fue vendido en Sotheby's por 40 millones de dólares). En la foto de la derecha podemos ver al dueño del local con su borrico Aliboron (Lolo para los amigos). El escritor Roland Dorgelés, bastante crítico con los nuevos movimientos pictóricos del momento, decidió junto a sus compañeros hacer que el borrico pintara con su cola (a la que le unieron un pincel) un cuadro al que titularon "Puesta de sol en el Mar Adriático" y lo presentaron en el Salón Anual de los Independientes de 1910, con el seudónimo de Joachim Raphaël Boronali (anagrama de Aliboron) un supuesto genovés que estaba en sus inicios como pintor...el cuadro y el autor se ganaron los elogios de los críticos de la época e incluso se llevó una remuneración de 400 francos...imaginaros las risas cuando se descubrió el pastel...

Estaba y aún está situado en la rue des Saules. El local permanece igual que antaño, el interior es oscuro, lleno de cuadros y dibujos, parece que son los mismos bancos y sillas donde se sentaba el renqueante Toulouse Lautrec y garabateaban sus firmas Maupassant y Apollinaire.  Sigue con las actuaciones de los chansonniers como cuando apareció por aquí la gran Edith Piaf, o Brassens que cantó aquí por primera vez... Por unos 24 euros tienes la entrada y la consumición incluidas, el resto de bebidas por unos 6-7 euros, incluida la Absentha o el agua con gas, si queréis ir debéis ser rápidos pues enseguida se llena, es muy pequeño y es conveniente reservar   www.au-lapin-agile.com.

Y si hablamos de Montmartre no podemos dejar de hablar del emblemático Moulin de la Galette, que tiene su propia historia. En 1814, Montmartre, fue el escenario de una terrible defensa por parte del general Moncey, sus 400 dragones y las desmelenadas gentes del pueblo. Luchaban contra los invasores rusos que habían llegado hasta París, una lucha desigual, pues los enemigos eran 20.000 además de que se había dado la orden de no resistir, es decir la ciudad se rendía. Pero los “montmartrois” no se consideran parisinos, así que con ellos no iba la orden, de modo que en las pendientes de la colina, entre los viñedos y desde los molinos se hostigó a los rusos. Durante la lucha se incendió un molino perteneciente a la familia Debray, unos insignes molineros cuyo cabeza de familia acabó fusilado y atado a una de las aspas del molino. Este molino destruido debía ser reconstruido con el nombre del “Moulin de la Galette”. Creo que este molino es el que aparece en más cuadros que ningún otro, lo ha pintado Renoir, Santiago Rusiñol, Ramón Casas, Georges Michel, Luis Daguerre, Camile Corot, Vincent Van Gogh, Pablo Picasso, Maurice Utrillo, Pierre Bonnard, Louis Vivin…


Y de este molino tan pictórico podemos trasladarnos a otro más pícaro, situado en la Place Blanche y que traspasó fronteras. El 6 de octubre del año 1889 en el lugar del antiguo cabaret La Reine Blanche, abrió sus puertas el que sería el más famoso music-hall de todos los tiempos el Moulin Rouge. La verdad es que sus fundadores no esperaban que tuviera tal éxito, en un principio crearon un local bastante grande en el que querían recibir a todas las clases sociales, desde los más desamparados hasta los que les salían los billetes por las orejas, incluyendo a los intelectuales que podríamos englobarlos en cualquier  clase social. En 1850, una bailarina del Bal Mabille llamada Celeste Mogador, inventa una nueva danza el Can-Can Francés, se inspirará en las polkas de Offenbach como el Galop Infernal del Orfeo en los Infiernos.
El baile son ocho minutos de un ritmo endiablado, que combina el equilibrio, la flexibilidad y la acrobacia realizada por una cuadrilla de bailarinas con trajes de volantes y encajes que dejan ver sus largas piernas, las ligas que sujetan las medias y parte de sus prendas más íntimas. Este baile y como no sus bailarinas enloquecen París.


En un principio el primer Moulin Rouge no era como el que ahora conocemos, con tanto glamour, más bien era un antro regentado por Josep Oller, había una gran pista de baile con el suelo de madera donde podían bailar y hacer piruetas las chicas, estaba iluminado con lámparas de gas y las paredes estaban tapizadas en un color rojo de las que colgaban numerosos espejos que lo hacen parecer más grande. En la galería superior estaban los reservados desde donde se podía contemplar el espectáculo o realizar otras actividades más pecaminosas acompañados de una botella de champagne. Entre la parte posterior y la fachada del edificio se extendía un jardín con un escenario que se usaba con buen tiempo, frente al mismo había una terraza con mesas y sillas donde bebían y comían los espectadores. Las señoritas se paseaban por el lugar sin las medias puestas, por lo que los caballeros eran muy asiduos al jardín. Lo más insólito, a parte de unas “señoritas” sin medias era un enorme elefante de escayola, se trataba del elefante que se había recuperado de la Exposición Universal de ese año. Ese elefante aparece en la película "Moulin Rouge" cuando Ewan McGregor le canta a Nicole Kidman "Your Song". 
A ese elefante se podía acceder a través de una escalera de caracol, sólo podían entrar a el los caballeros, las señoritas se quedaban fuera… Pero no sólo había un elefante como decoración, también había una vieja casa normanda, un palacete español y un enorme molino de viento pintado de rojo con cuatro aspas que sería el emblema del local desde ese momento.

A pesar de todas las novedades que ofrecía, los dueños tenían que competir con otro local el Élysée-Montmartre, para ello lanzaron una campaña publicitaria con anuncios de prensa, fotografías de las estrellas, y folletos, además de invitar a los más importantes de París. Incluso se hizo un cartel a cargo de Jules Chéret, que representaba a unas señoritas que se dirigían a un molino rojo a lomo de unos asnos para promocionarlo.
Pero no sería hasta que se encargara un nuevo cartel a Toulouse-Lautrec el que llevaría la fama al cabaret y a la protagonista del mismo “La Goulue” (la glotona). Su nombre real era Louise Weber y compartía cartel con su pareja de baile Valentin “el sin huesos”, un contorsionista. París se llenó con el cartel, los grandes bulevares, los quioscos, en todas partes aparecía la pareja dando comienzo a la época dorada del local. Pero como pasa con todo, poco a poco el público se cansó de la provocación y de los escándalos. En 1900 el nuevo director reemplazó la sala de baile por un gran teatro concierto en el que se ofrecían las actuaciones de los Chansonniers y de algunas bailarinas, el espectáculo era mucho más sobrio y refinado. Cinco años más tarde se cierra el local para reestructurarlo, el elefante desaparece y se reabre. En 1915, y tras un doloroso incendio el Moulin Rouge abre de nuevo sus puertas transformado en una sala de cine y espectáculos. En 1922 se reconstruye de nuevo para acabar siendo uno de los más célebres music-halls del mundo donde actuaran Mistinguett, Josephine Baker, Maurice Chevalier.