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miércoles, 23 de diciembre de 2015

La Puerta del Sol y los cafés de tertulias.

Dejaremos atrás la Puerta del Sol, y nos adentraremos por la Calle Carretas para imaginarnos en el número 4 de esta calle el Antiguo Café y Botillería de Pombo, más conocido por sus habituales como "Café Pombo". A principios del siglo XIX ya existía, pues parece ser que Goya frecuentaba sus tertulias, a la que también asistían numerosos conocidos de la época.
A caballo entre los siglos XVIII y XIX llegó a Madrid un montañés apellidado Pombo, era de Santander, y en la calle de Carretas abrió un ancho local poniendo sobre el dintel las palabras: "Café y Botillería de Pombo". El rey José Bonaparte estuvo en él, y alguna que otra noche se tomó un buen "grog". Parece ser que era un local más bien modesto, que solía servir leche merengada, y el sorbete de arroz. Para ser sinceros era uno de los cafés más cutres de la ciudad, era un local sombrío donde en sus primeras épocas, cuando era más bien una botillería, acogió entre sus paredes los arrumacos que se hacían Espronceda y Teresa Mancha, o a la señora Dolores Armijo, reprochándole a Larra su despendolada vida. También se pasaron por él Bécquer y Casta Esteban, escondiéndose en sus veladores.
Otros visitantes ilustres fueron el general Prim, Sagasta o el cura Merino (el que intentará asesinar a Isabel II), todo ello ocurrió en sus buenos momentos, pues a principios del siglo XX el local, ya iba a menos.
Tal es así que le pusieron el sobrenombre del café de los cagones porque servía un sorbete de arroz que neutralizaba los efectos de la gastroenteritis, aunque las malas lenguas aseguraban que eran los que tomaban el famoso sorbete los que tenían que salir por piernas hacia el retrete.

El local contrastaba con los nuevos y lujosos cafés que surgían el la ciudad, el Pombo era triste, antiguo, con un ambiente castizo, que acabó siendo el motivo principal para que don Ramón Gómez de la Serna lo escogiese para sus reuniones literarias. Según el propio autor: "cuando yo elegí el Pombo, el año 1912 lo hice por juagar a los anacronismos, y porque en ningún sitio iban a resonar mejor nuestras modernidades que en aquel viejo sótano." La tertulia solía tener lugar los sábados por la noche, y se hizo durante bastante tiempo pues llegó hasta el inicio de la Guerra Civil, siendo interrumpida para siempre en 1937. Tras la guerra civil el café se convirtió en un lugar oscuro y poco aconsejable, donde acudían las prostitutas del cercano Café Zaragoza (al que las malas lenguas solían apodarlo el café de la sífilis) para encontrarse con sus clientes, al final se cerró en 1942. El local acabó convertido en una peletería, para luego convertirse en un insulso edificio de oficinas.
La tertulia se denominó La Sagrada Cripta del Pombo, y reunía a varios intelectuales de la época, y muestra de ella tenemos el cuadro que la presidía, donde están plasmados los participantes en las tertulias. Dicho cuadro se encuentra en la actualidad en el Museo Reina Sofía, por si os interesa conocer a los contertulios, aunque algunos de ellos ya os podéis imaginar a Jardiel Poncela, a Santiago Rusiñol, a don Ramón Mª del Valle Inclán, a Rubén Darío, a Ortega y Gasset... todos ellos solían pasar por el Pombo.


De la calle Carretas, nos iremos a la de Alcalá, para descubrir más cafés típicos, pues Madrid puede presumir ampliamente de ser una ciudad cafetera, por el gran número de cafés que surten la Villa.      
Pero antes de hablar de los cafés deberías saber que allá por el año 1845, la calle Alcalá era el epicentro de Madrid, aquí se encontraban las paradas de las diligencias que iban hacia el resto del país, por ejemplo las diligencias que hacían el trayecto de Bilbao a Madrid. Estas diligencias hacían el viaje entre seis y ocho días, dependiendo de la distancia recorrida el viaje podía costar 120 reales o más, sin incluir el alojamiento en las fondas o postas, cuando se debía hacer el cambio de caballos. La diligencia transportaba exclusivamente a viajeros, mientras que la galera transportaba a pasajeros y a mercancía. Las Diligencias Peninsulares tenían su parada y despacho en la misma calle Alcalá, en el número 13. Las que iban para Bilbao salían los días impares, mientras que las que llegaban a la capital, lo hacían los pares. En el número 21 de esta misma calle, había otro servicio de diligencias. Debido al auge de este tipo de transporte, alrededor del lugar donde se encontraba la oficina de ventas se establecían las fondas, hostales y pensiones que daban hospedaje a los forasteros que llegaban a la ciudad, o a los que se encontraban de paso. Así mismo y desde finales del siglo XVIII y principios del XIX se establecieron por la zona los mejores y más acreditados cafés.

La calle de Alcalá, nace en la misma Puerta del Sol y llega hasta la plaza de toros de las Ventas tal y como explicamos en un post anterior. Esta calle ha sido lugar de residencia de infinidad de cafés, como el "Fornos" al que más tarde se conocería como "Riesgo", y al que solía concurrir lo mejor del mundo literario y teatral de principios del siglo XX.
El Fornos se situaba en unas casas que se habían construido sobre el solar que ocupaba el antiguo convento de las monjas de Vallecas, es decir de Nuestra Señora de la Piedad, en la esquina de la calle de Alcalá con la calle Peligros. Sobre este café se encontraba el Gran Hotel Colón. El café abre sus puertas en julio de 1870, y a él concurrirán los literatos, políticos, escritores, artistas, la crème de la crème de la sociedad madrileña que se mezclarán con gentes de dudosa reputación. A partir de la medianoche se hicieron famosas en toda la ciudad sus cenas económicas. En la planta inferior había una gran sala con apartados en las que se realizaban almuerzos políticos, o cenas privadas... en estos reservados tenía lugar otra tertulia bastante popular, se trataba de "La Farmacia" compuesta por diferentes estamentos de la sociedad de la época.
Su decoración la componían vistosas pinturas murales, tapices y alfombras acompañadas de cómodos y amplios divanes, así como estatuas de bronce que sostenían la iluminación a gas de toda las estancias.
El Fornos estaba siempre abierto, y la parroquia solía acudir dependiendo de su estatus, es decir por la tarde de 6 a 8 solían frecuentarlo los matrimonios burgueses, a partir de las diez de la noche aparecían los clientes más golfos y pecadores, era cuando se daban los escándalos, los suicidios, los crímenes pasionales... Si los reservados del entresuelo, a los que se accedían por una puerta distinta desde la calle Peligros, hablasen, no habría suficiente tinta y papel para recoger todo lo que sucedía en ellos.
En agosto de 1908 el Fornos cerró definitivamente, para abrirlas de nuevo un año más tarde con un nuevo nombre, el de Gran Café y nuevo dueño. Las tertulias siguen, al igual que las fiestas en los bajos, en 1918 acabará transformándose en un cabaret con mesas de juego y de nuevo cambiando el nombre, pues pasará a llamarse el Fornos Palace.
En 1923 el Banco Vitalicio compró el edificio, y lo que son las cosas de la vida, en el lugar donde se encontraba el café,  ahora hay otro, pero nada castizo ni madrileño, ya que se trata de un Starbucks Coffee

En la esquina de la calle Alcalá con la calle Sevilla, se encontraba el "Suizo", al que solía acudir Santiago Ramón y Cajal. Justo se encontraba en frente del anterior. Según el Heraldo de Madrid, del 4 de junio de 1845, el día anterior se abrió el magnífico Café Suizo, en la casa nueva que acaba de construirse en la calle Alcalá, esquina a la de Peligros. El café de más gusto y lujoso que se ha conocido en Madrid, cuenta con muchas y espaciosas salas. Las paredes están cubiertas de rico papel de diferentes clases, las mesas de mármol de colores. Los asientos son pequeñas banquetas sin respaldo forradas de terciopelo labrado en color encarnado... El café tiene un aforo para unas quinientas personas, la entrada al café se hace en la confluencia de las dos calles, seis ventanales dan a la calle Alcalá y tres a la de Sevilla.  

Este café nació poco después de la Desamortización de Mendizabal, frente al futuro café estaba el Convento de las Calatravas, la Hospedería de los Cartujos y el Convento de las Baronesas (derribado en 1836). Este café fue fundado por los suizos Pedro Fanconi y Francesco Matosi, que ya habían abierto establecimientos con el mismo nombre en otras ciudades españolas. El primero de ellos en Bilbao, donde había una comunidad importante de ciudadanos helvéticos. El café albergó a lo largo de los 80 años que estuvo en funcionamiento, diversas tertulias como las de los hermanos Bécquer, Eusebio Blasco, Manuel de Palacio, Luís Rivera, Salvador María Granés...Pero tal vez la más concurrida y célebre era la que se formaba por médicos y sanitarios, allá por 1893, siendo uno de los más asiduos don Santiago Ramón y Cajal, que lo evocaría en su libro "Recuerdos de mi vida" (1932) y todo empezó como punto de reunión para los médicos que querían saber noticias sobre el cólera, de cómo combatirlo.

Las mujeres también podían asistir al café, para ello tenían unos saloncitos privados, allí las señoras disfrutaban de su famoso chocolate y como no, del bollo que lo acompañaba, al que llamaron "suizo" y que ha llegado hasta nuestros días. Entre 1919 y 1923 se construyó el edificio del Banco de Bilbao (BBVA) en el lugar del antiguo café.

Otro café bastante conocido era el "Café de Madrid", situado en la misma calle, era uno de los puntos de reunión para los componentes de la generación del '98. En el lugar que ahora ocupa una entidad bancaria, pasaban las tardes hasta llegar bien entrada la noche personajes tan célebres como Rubén Darío, o un joven Picasso. Otro café que solían frecuentar era "El Gato Negro", en la calle del Príncipe, allí los tertulianos eran Jacinto Benavente, y los anteriormente mencionados, a los que de vez en cuando un joven recién llegado un tal Juan Ramón Jiménez se les unía.

A los pies del edificio que hasta hace poco se encontraba el famoso cartel de Tío Pepe, se encontraba el Café de la Montaña, situado entre la calle Alcalá y la Carrera de San Jerónimo, frente a la Puerta del Sol. Este café era conocido por los madrileños como el "café de la pulmonía", porque a través de sus 16 puertas entraba un frío que pelaba durante los inviernos madrileños. Era uno de los preferidos de Valle Inclán, tanto que ocurrió un esperpéntico accidente que hizo que Valle Inclán quedar manco en 1899.

Al fondo el Café de la Montaña sin el cartel de Tío Pepe
Era una calurosa tarde de verano, y un pequeño grupo charlaba de temas literarios y musicales, pero en un momento dado se produjo una discusión sobre un suceso acaecido en Andalucía, donde el caricaturista portugués Leal de Càmara había discutido violentamente con un joven aristócrata y se habían retado a duelo. Valle Inclán estaba entusiasmado con tal empresa, pero otro contertulio le confesó de que no habría duelo por ser el portugués menor de edad. La noticia enfadó de tal manera al escritor que blandió una botella con malas intenciones. Su interlocutor, en defensa propia lo intentó desarmar con su bastón, pero erró y le dio un golpe en la muñeca. La mala suerte quiso que a los pocos días el brazo del escritor presentase claros signos de gangrena al habérsele incrustado el gemelo de la camisa en su muñeca. El brazo tuvo que ser amputado, y el escritor soportó estoicamente la operación, se dice que se fumó un habano mientras charlaba con Jacinto Benavente. Sus contertulios le organizaron un homenaje en el teatro Lara, y con los beneficios de la representación le compraron un brazo ortopédico al genial escritor, que prosiguió con entusiasmo sus habituales caminatas por el Paseo de Recoletos, donde hay una estatua en su memoria.
Por último hablaremos del Café Lorencini, erigido en plena Puerta del Sol, entre las calles de Espoz y Mina, y la de Carretas. Fue famoso porque tenía un patio con una cubierta acristalada, donde se reunían los políticos liberales de la época. El Lorencini lo regentaba Carlos Lorencini, un italiano casado con una española, con la que tuvo varios hijos. Este café tenía un esmerado servicio que apreciaban sus parroquianos, pero su fama nacerá con la jura de la Constitución por Fernando VII, cuando nace la Sociedad del Lorencini, donde concurrían personajes importantes como el ex ministro José García de León y Pizarro, el conde de Bisbal y el marqués de Amarillas, quienes pronunciaban unos apasionados discursos delante de numerosos feligreses. Al final se convirtió en un café político o revolucionario, lo que le costó que en mayo de 1923 lo invadieran las turbas y lo destrozaran todo. El café continuó abierto gracias a la ayuda de los frailes mínimos de San Francisco de Paula, pero los contertulios habituales habían emigrado o se encontraban perseguidos, es por ello que su esplendor fue en decadencia y acabó cambiando de dueños y de nombre. Llegó a tener cuatro nombres diferentes, el original Lorencini, luego pasó a llamarse De las Columnas, el Londres y por último Puerto Rico.

En Madrid había centenares de cafés, y muy conocidos todos ellos, es por eso que os invito a que si queréis conocerlos lo hagáis a través de los siguientes blogs que os dejo a continuación, espero que os gusten porque valen mucho la pena.

cafesdemadrid.blogspot.com.es 
antiguoscafesdemadrid.blogspot.com.es
flaneandopormadrid.wordpress.com