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domingo, 8 de noviembre de 2015

Lisboa y el "affaire Távora": implicados el Rey, su amante, la familia del cornudo real y el Marqués de Pombal...


Los que hemos visitado Lisboa, aunque haya sido sólo una vez hay un nombre que nos suena, bueno más bien nos suena el título nobiliario por el que se le conoce: el del marqués de Pombal, pues su nombre es un pelín largo para recordarlo, Sebastiao José de Carvalho e Mello. Tras el terremoto que sufrió Lisboa en 1755, (del que ya hablamos en un anterior post) reconstruyó la ciudad tal y como la podemos disfrutar hoy en día.

004-2009-09-30-tavora_0025_.jpgEl marqués de Pombal era también conde de Oeiras, nació en Lisboa en 1699 y murió en Leiría en 1782. Fue un noble y estadista portugués, que desempeñó el cargo de Secretario de Estado del Reino (es decir fue el primer ministro, entre los años 1750 y 1777). El hombre que se convirtió en la mano derecha del rey don José I; el hombre que hacía y deshacía a sus anchas, con el consentimiento real, fue el representante del despotismo ilustrado. Hizo cosas bien, como la reconstrucción de la ciudad tras el terremoto, acabó con la práctica de los autos de fe de la Santa Inquisición y con la discriminación que sufrían los cristianos nuevos, es decir los judíos que se habían convertido al cristianismo. Oficialmente no eliminó la inquisición portuguesa que se mantuvo hasta 1821,  en cambio se encargó de expulsar a los jesuitas de Portugal y de las colonias y hacer cosas mal como buen dictador que se precie.

Se cree que estuvo afiliado como masón del Rito Escocés antiguo, pues podría haber sido iniciado como masón en la logia de Londres o en la de Viena, cuando fue embajador de Portugal en esas ciudades. Posible muestra de ello es la estatua que le erigieron en su honor, que está llena de símbolos masónicos. Dicha estatua está situada en la plaza Marqués de Pombal, y los símbolos los podemos ver en la verja de hierro que rodea la estatua; en los paneles se muestra un cetro y una antorcha entrecruzados, el cetro representa el absolutismo iluminado que caracterizó su forma de gobierno, y la antorcha representa el conocimiento. Muchos lo consideran el verdadero patrón de la masonería lusitana, y le rindieron homenaje en su segundo centenario construyendo esta estatua monumental y a sus cenizas (que también tiene su historia, no creáis, más adelante hablaremos de ellas)...
002-2009-09-30-tavora_0006_.jpgHay una zona, en el barrio de Belém donde se alza una columna curiosa, no está muy a la vista, hay que buscarla para verla, pues conmemora unos sucesos bastante trágicos que ocurrieron en la ciudad de Lisboa, y no, no hablo de incendios, maremotos, terremotos y otras desgracias naturales. Sino más bien de un suceso histórico que a muchos les gustaría olvidar y que tiene como protagonista a nuestro hombre, al marqués de Pombal.
Antes de conocer la historia os recomiendo hacer una parada en la popular y famosa pastelería Pasteis de Belém, y allí disfrutar de unas “natas” y un “galao” (café con leche) para coger fuerza y entender la historia que os contaré y que conmocionó a la Europa civilizada del siglo XVIII.
Justo detrás de la famosa pastelería se encuentra el Beco de Chao Salgado (el callejón de la Tierra Salada), un lugar olvidado por la mayoría de los lisboetas, y que no suele salir en las guías de viaje.

002-2009-09-30-tavora_0005_.jpgNuestra historia comienza el 3 de septiembre de 1758, el rey Dom José regresaba a la tienda real, hacía tan sólo tres años del terremoto y el rey aún vivía en una de las tiendas que hacía de palacio, aún tenía pánico a vivir en un palacio de ladrillos, no fuera el caso de que se produjera otro terremoto y le pillase dentro. José I de Portugal estaba casado con María Victoria de Borbón, española y con la que tenía cuatro hijos. Pero eso no le impedía al monarca tener amoríos varios, como el que mantenía con Teresa Leonor de Távora, la cual estaba casada con Luis Bernardo de Távora, su sobrino, y que era hijo de la marquesa Leonor de Távora y su marido Francisco de Asís, el que había sido antiguo virrey de las indias portuguesas. Pertenecían a una de las familias más antiguas y poderosas de Portugal, y por lo consiguiente enemigos acérrimos del marqués de Pombal, un simple hidalgo que había subido en la escala social, y no les gustaba lo más mínimo que los intereses del país estuvieran en manos de un simple plebeyo.
Los marqueses de Távora fueron informados por amigos y parientes de que la mujer de su hijo Luis Bernardo se había convertido en la amante favorita del rey, y que esta relación ya estaba en boca de toda Lisboa, así que comenzaron las ofensas e insultos. Entre el rey y los Távora empezó a fraguarse un odio mortal, a la vez que la aversión de la familia con el primer ministro iba en aumento. Doña Leonor de Távora, una católica devota, empezó a pleitear para conseguir la nulidad canónica del casamiento de su querido hijo, y exigió que no conviviese maritalmente con Teresa. Cuando el rey se enteró, mandó al primer ministro a intentar convencer a los marqueses de Távora que debían soportar los cuernos reales, y hacer que Teresa retomase su vida conyugal con su marido. Al ver que Pombal no lo había conseguido, fue el mismo rey el que le solicitó personalmente a don Francisco de Asís que, a cambio de la cornamenta, su hijo percibiría favores y títulos, pero el marqués de nuevo no aceptó, y el rey se marchó otra vez cabreado. Si además añadimos que los miembros del clero manifestaron que los amores adúlteros del rey, junto a su política de gobierno habían sido los culpables de la ira divina que había desembocado en el terremoto de 1755, todo ello hizo que el rey y el ministro aún se enfadaran mucho más.
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La noche del tres de septiembre de 1758, el rey Don José I viajaba de incógnito en una simple carroza, no llevaba escolta, pues no quería ser reconocido en su escapadas nocturnas cuando visitaba a su amante. De pronto, tres hombres a caballo lo atacaron, disparando sus pistolas contra los ocupantes del vehículo. El rey fue herido en un brazo, a su conductor también lo alcanzaron, él sufrió heridas de mayor gravedad, pero a trancas y barrancas consiguieron llegar al campamento de tiendas donde se alojaba el rey, en Ajuda, en las afueras de Lisboa.
Cuando el marqués de Pombal se enteró del suceso, tomó las medidas correspondientes para detener a los atacantes, un par de días después dos hombres fueron detenidos, y confesaron bajo tormento que habían sido los autores del atentado, y que habían sido contratados por la familia Távora, que conspiraba para colocar a el duque de Aveiro como monarca.


Las malas lenguas dicen que el atentado de Don José I fue ideado por el mismo Pombal, para inculpar a la familia de los Távora. El atentado tuvo lugar cerca del palacio de Don José de Mascarenhas, duque de Aveiro, y el más distinguido de los Távora. Los Távora negaron todas las acusaciones que se hicieron contra ellos por activa y por pasiva, pero no les sirvió de mucho, pues el primer ministro garantizaba títulos y bienes a aquellos que demostrando la fidelidad a la Corona, prestasen declaraciones útiles al caso. No hubo tiempo para verificar las acusaciones ya que el proceso fue muy rápido y se cerró en poco tiempo. Dos días más tarde los acusados del crimen fueron prendidos y encarcelados en la Torre de Belém: el duque de Aveiro, mayordomo mayor de palacio, su familia y criados; los marqueses de Távora, junto con sus hijos y nietos, su nuera Teresa y los yernos, el conde de Autoguia (jefe de la guardia del palacio real) y el marqués de Alorna, así como los hermanos del marqués de Távora. Todos acusados de los crímenes de traición y lesa majestad.
007-2009-09-30-tavora_0008_.jpgPara juzgarlos se creó expresamente un órgano llamado Junta da Inconfidencia, de la que formaba parte el primer ministro, evitando así un juicio más justo en los tribunales corrientes. Contra los Távora se presentaron las declaraciones obtenidas bajo tortura del duque de Aveiro y de sus criados, y de las deducciones extraídas de lo que se oía por las calles. Las pruebas presentadas en el tribunal eran simples: las confesiones de los asesinos ejecutados, el arma del crimen que pertenecía al duque de Aveiro, y el hecho de que sólo los Távora sabían que el rey esa noche había visitado a doña Teresa de Távora. Los jueces se basaron en la honra ofendida por la relación extramatrimonial del rey, y que todo era una cuestión de venganza, además sostuvieron que en cualquier corte europea cuando ocurría que el rey se interesaba por la mujer casada de un vasallo, sólo cabía al marido sacrificarse o aguantarse.
Los Távora para defenderse negaron vehementemente todo sobre lo que les acusaban, y señalaron que había sido un asalto común que cualquiera habría podido sufrir, pues el rey podía haber sido confundido con otro ya que viajaba sin guardia ni distintivos reales por una peligrosa calle de la capital.
La sentencia se dictó el 12 de enero de 1759, afectando al duque de Aveiro, a los marqueses de Távora (sus supuestos socios), el conde de Atouguia y a los jesuitas, además como daños colaterales arrastró a varios nobles más que fueron encerrados de por vida en la lúgubre prisión de Junqueira. El primer ministro aprovechó para encerrar a todo aquel que le era molesto para sus despóticos planes.


Los bienes del duque de Aveiro, de los marqueses de Távora y del conde de Atouguia, fueron confiscados por la Corona, su nombre fue borrado de la nobleza y los blasones familiares prohibidos. Así mismo se prohibió el uso del nombre Távora. Gracias a la intervención de la reina Mariana Victoria de Borbón y de la futura reina María Francisca, la mayoría de los Távora y sus familiares salvaron la vida, sobre todo las mujeres y niños, que fueron encerrados en monasterios y conventos. Las hijas y hermanas de los ejecutados escaparon a España con los niños más pequeños de la casa, y nunca más se supo de ellas. La condena a muerte recayó en el duque de Aveiro, los marqueses de Távora, y sus hijos Luis Bernardo (el cornudo) y José María; así como Luís de Ataíde el conde de Atouguia y algunos más que molestaban al ministro.
El lugar donde se encontraba el palacio ducal es el Beco do Chao Salgado, y en él, el rey mandó colocar una columna que explica lo sucedido.
La ejecución se llevó a cabo al día siguiente, en un descampado de Lisboa, al pie de la Torre de Belém, entre las seis de la mañana y las cuatro de la tarde. El rey asistió con toda la corte, que se encontraba aterrorizada, los Távora eran sus semejantes, y estaba claro que el rey quería mostrarles qué ocurriría si intentaban algo de nuevo.
La primera en la lista fue doña Leonor de Távora, que como noble tuvo el privilegio de serle cortada la cabeza, que fue expuesta al pueblo. El resto de acusados no tuvieron tanta suerte, pues la ejecución alcanzó unos niveles de salvajismo increíbles, les partieron las manos a mazazos y los pies, hasta que los huesos quedaron destrozados. Les cortaron la cabeza, y quemaron los restos de lo que quedaba de ellos, y no teniendo suficiente decidieron echar las cenizas al Tajo. Otro de los que quedó bastante mal parado fue el sacerdote jesuita Gabriel Malagrida, amigo personal y confesor de la marquesa de Távora, que fue quemado vivo un par de días más tarde y la orden jesuita fue declarada ilegal, el marqués de Pombal más feliz que una perdiz comentó que esta expulsión sería su regalo para el Papa Clemente XII.
El palacio del duque de Aveiro acabó derruido, se esparció sal por el suelo, una maldición deseada por el marqués de Pombal, para que no volviera a crecer nada nunca más. Sin embargo, ese mismo año, D. José I mandó erigir un monumento en piedra con cinco anillos esculpidos, y que correspondían a los cinco Távora ejecutados. En la base, una lápida funeraria relata los hechos.

"Louis-Michel van Loo 003" por Louis-Michel van Loo - This image was moved from Image:Marques Pombal.JPG. Licenciado sob Domínio público, via Wikimedia Commons - https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Louis-Michel_van_Loo_003.jpg#/media/File:Louis-Michel_van_Loo_003.jpg
Y qué ocurrió con Sebastiao José de Carvalho e Mello, pues que fue ennoblecido con el título de conde de Oeiras en reconocimiento por su competencia en el manejo del juicio de los Távora, y años más tarde en 1770 recibió el título de marqués de Pombal, por el que es más conocido.
Cuando Doña María I, llegó al poder, aún estaba conmocionada por el juicio y las ejecuciones, así que solicitó que se repitiese el juicio y que el procedimiento fuera revisado por otro tribunal. La reina mandó redactar el decreto de dimisión del secretario de Estado, se le entregó a Pombal y se le obligó a residir en la villa de Pombal donde le esperaban sus acreedores. La nueva reina siguió las recomendaciones de su padre, y ordenó el 7 de marzo de 1777, la salida de las prisiones y conventos de todas las personas encarceladas por razones políticas en el anterior reinado. Los ofendidos ascendían a 800, unos habían pasado 22 años presos y otros 18. Las condiciones en las prisiones y conventos habían sido terribles. La única que no quiso salir del convento tras el decreto real, fue Teresa de Távora que permaneció tranquilamente en el de las hermanas de San Alberto, en Santiago, hasta su muerte, el 29 de abril de 1794.   En el nuevo juicio no hubo evidencia alguna que probara la culpabilidad de los Távora en el ataque. Ante tal descubrimiento se consintió que el pueblo la tomase con Pombal, empezaron a correr las calumnias y los libelos, se arrancó su imagen del medallón del pedestal de la estatua del anterior rey y se sustituyó por un navío con las velas desplegadas.
Aquellos que lo habían lisonjeado y concertado negocios con él le demandaron para conseguir indemnizaciones, le acusaron de enriquecimiento y de abusos de poder.
Una vez examinada la causa por una Junta se acordó que el marqués de Pombal era reo y merecedor de ejemplares castigos, que no se podían mandar proceder debido a las graves molestias y decrepitud en que se hallaba, llevándose más de la clemencia que de la justicia, y también porque el mismo marqués pidió perdón. Así y todo le ordenaron que se mantuviera fuera de la corte, a una distancia de 20 leguas, dejando a salvo todos los derechos y justas pretensiones que sus vasallos en los juicios competentes pudieran conseguir para ser indemnizados por las pérdidas, daños e intereses en que el marqués les hubiera perjudicado.

No tuvieron mucho tiempo para juicios y reclamos, pues nueve meses después de la sentencia, la gangrena que recorría su cuerpo y el golpe moral que le supuso la sentencia, el marqués de Pombal murió el 8 de mayo de 1782.