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miércoles, 21 de octubre de 2015

De Westminster a Mayfair: cuando Buckingham no era tan importante para los reyes...




Saldremos desde Buckingham Palace como si fuésemos parte de un cortejo real para hacer nuestro recorrido por los barrios de Westminster y acabaremos en el de Mayfair, podemos hacerlo andando apenas son 6 km que nos tomaremos con tiempo para poder verlo todo tranquilamente.
Ya que estamos aquí podemos aprovechar para ver el cambio de guardia, atención porque sólo se celebra diariamente entre los meses de abril a julio, y en días alternativos durante el resto del año. Si no llueve la ceremonia empieza sobre las 11:00 de la mañana, se inspeccionan las tropas en St. James’s Palace y Wellington Barracks. Luego las tropas se desplazan a pie y a caballo por The Mall, la gran avenida que nos lleva hacia Charing Cross, el acto oficial del relevo tiene lugar en el patio del Palacio de Buckingham a las 11.30 horas. Así que os aconsejo que os asegureis de que el día que queráis verlo sea el correcto.


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El edificio original se construyó sobre lo que había sido un monasterio, tal vez por ello corre el rumor de que por sus muros vaga un alma en pena. Este primigenio edificio fue bautizado como Buckingham House, y era la residencia de John Sheffield, el primer duque de Buckingham (los que presumen de pertenecer al círculo más íntimo de la familia real aún se refieren a él como “Buck House”. En 1721 el duque pasó a mejor vida y su hijo natural vendió la mansión a Jorge III por unas 28,000 libras, era el año 1762. Cuando Jorge IV subió al trono, anunció que Carlton House no era lo suficientemente digna del rey de Inglaterra, ni tan siquiera el Palacio de St. James, así que decidió que la Buckingham House tenía que ampliarse a su nueva condición de rey. Conociendo cómo había actuado cuando era Príncipe de Gales con su anterior vivienda, pues se dedicó a reformarla y adecuarla a su gusto sin reparar en gastos, pues se hacía cargo de ellos la corona y su querido padre Jorge III, no fue extraño que se desentendiera de las obras antes de que se dieran por concluidas, así mismo desvió buena parte de los fondos que se habían destinado a la construcción del palacio, en un nuevo capricho, en el Royal Pavilion de Brighton, que acabó siendo su residencia preferida...
A principios del siglo XIX, el Palacio de Buckingham se hallaba en un lamentable estado de abandono, los fondos se habían agotado en 1828 y los trabajos de construcción se habían suspendido sine die. A Guillermo IV tampoco le gustaba el lugar, por lo que lo ofreció a los diputados del Parlamento ya que Westminster se había incendiado poco antes. Los diputados rechazaron cortésmente el ofrecimiento real, así que el monarca no tuvo más remedio que vivir a regañadientes en el palacio hasta el día de su muerte, ocurrida en 1837.
A la reina Victoria le parecía un lugar poco confortable, según decía las chimeneas ahumaban y no calentaban, pues las estancias eran frías y sucias, además la ventilación era insuficiente y los jardines parecían basureros. Es por ello que la reina prefirió instalarse en el palacio de Kensington.
Durante algún tiempo la situación mejoró un poco, se realizó una operación de limpieza y reforma, tras la cual se convirtió en la residencia oficial de la Reina, allí viviría durante bastante tiempo con su “querido Alberto” su consorte.


George Stuart Historical Figures, photograph by Peter D’Aprix
Queen Victoria
La reina Victoria vivió en palacio hasta la muerte de su esposo, una vez fallecido se trasladó al castillo de Balmoral y se olvidó del lugar donde había sido tan feliz. Así que de nuevo Buckingham cayó en el olvido y en la decadencia. Cuando Eduardo VII fue coronado soberano, inspeccionó el palacio y dijo: “Limpiad esta tumba”, también ordenó hacer añicos muchas de las estatuas de John Brown, el adorado secretario de su fallecida madre, que estaban por todo el palacio.
George Stuart Historical Figures, photograph by Peter D’Aprix
John Brown
Como parte del recubrimiento de piedra caliza que había en la fachada oriental del palacio necesitaba una reparación de urgencia, se llamó al arquitecto Aston Webb para que realizara el proyecto de una fachada nueva, y que se acabó en 1913. Por fin había un rey que se implicaba con este palacio, Jorge V, que le envió al arquitecto algunos diseños y planos, así como la recomendación de que “el balcón central debe ser amplio, pues es el lugar donde la familia real comparece ante el pueblo”. Y así fue, la primera vez que la familia real se asomó al balcón fue el 4 de agosto de 1914, cuando estalló la I Guerra Mundial. A su esposa la reina María, María de Teck (de soltera) adoraba el palacio y lo llenaba de flores, convirtiéndolo en un verdadero hogar. Hogar que el irreductible Eduardo VIII detestaba, y así lo hizo saber cuando abdicó del trono para casarse con Wallis Simpson, supongo que no sólo tenía un irreprimible odio hacia el palacio, supongo que al ministro Churchill y a todos sus compatriotas tampoco los apreciaba mucho.  
En cualquier guía podréis conocer el número de habitaciones, baños, relojes… etc y otras características del palacio, yo en cambio os explicaré que los aposentos de la reina ocupan la primera planta, abarcan doce habitaciones con vistas al Green Park, además el palacio cuenta con amplias dependencias para invitados, una espectacular galería, una piscina cubierta la Queen’s Gallery, con la colección pictórica de la Reina, y lo rodea un jardín de 18 hectáreas. Con las 600 habitaciones que dispone el palacio no es de extrañar que desde finales de 1837 hasta diciembre de 1838, el palacio tuvo un inquilino que no era precisamente de la realeza. Se trataba de un muchacho de unos catorce años llamado Edward Cotton que vivió clandestinamente en el palacio. Cómo se las arregló para entrar y vivir a escondidas en palacio, no se sabe con certeza, pero lo que sí se sabe es que durante más de un año comió y durmió en las dependencias y dormitorios de la servidumbre real. A pesar de que se organizaron numerosas partidas de búsqueda para dar con él, no consiguieron pillarlo, pues Cottons se escondía en las chimeneas y luego manchaba de hollín las camas en las que dormía, que pocas veces era la misma. Jamás se aventuró por los aposentos de la reina Victoria, aunque llegó a abrir una carta destinada a la reina, probablemente tenía la esperanza de encontrar algún dinero en ella. Durante su estancia en palacio, Cotton se hizo con una espada, dos tinteros de cristal, unos pantalones y un libro, mientras no se movió de palacio no fue descubierto, lo pillaron en cuanto intentó escabullirse por la puerta de servicio.
No es el único “Stalker” (es como se conoce a los intrusos) que ha accedido al palacio de Buckingham, ha habido otros como Michael Fagan que en 1982 estuvo hablando con la reina Isabel,mientras ella estaba en la cama.
Hay maneras más fáciles para visitar el palacio, claro que sólo verás las estancias autorizadas, pues desde los años 90 la Reina decidió abrir al público una parte del palacio con el fin de recaudar fondos para así poder reconstruir el castillo de Windsor, que había sido parcialmente destruido por un incendio.
Dejamos atrás donde viven los monarcas para ir al lugar donde han sido coronados y enterrados desde hace casi mil años. Sí, se trata de la Abadía de Westminster, uno de los cuatro lugares más emblemáticos de Londres, junto con la Torre de Londres, la Catedral de St. Paul y el anteriormente mencionado Palacio de Buckingham. Entre sus muros aún resuenan los recuerdos de las numerosas bodas reales que aquí se han celebrado, de las coronaciones y de las misas fúnebres por el alma de los más grandes y ejemplares ciudadanos de Londres (en el grupo de homenajeados también hay algunos que no han sido tan ejemplares, pero ya sabemos el carácter británico…). Es una obra maestra de la arquitectura medieval, y si sus paredes hablasen nos contarían muchas historias y secretos, pues en ella se acumula más historia que en cualquier otro edificio de la ciudad. Así mismo es la iglesia donde acude la familia real cuando se encuentran en Buckingham, se la conoce como una royal peculiar, una iglesia especial, puesto que no se encuentra bajo la autoridad del arzobispo de Canterbury, el sumo sacerdote de la Iglesia Anglicana, sino de la Reina.


Esta abadía se levantó sobre las ruinas de una iglesia sajona del siglo VII, construida en lo que se conocía como la Isla de Thorney, situada en mitad de un Támesis más ancho, de aguas tranquilas. Ya un fuero del año 785 mencionaba el “terrible lugar llamado Westminster”, en el que Eduardo III el Confesor, fundó un monasterio en el año 1042. La iglesia actual fue consagrada el 28 de diciembre de 1065, justo ocho días antes de la muerte del rey. Al año siguiente el duque normando Guillermo I el Conquistador tomaba posesión de Londres y de la corona. La ceremonia de su coronación estuvo marcada por las prisas que tenía el nuevo rey en celebrarla, pues creía que la muchedumbre que se había congregado para ver la coronación organizarían algún altercado.
Desde ese momento todos los reyes y reinas de Inglaterra han sido coronados en la abadía, y con menos prisas. Todos a excepción de Eduardo V (asesinado en la Torre de Londres posiblemente por orden de su tío Ricardo III) y Eduardo VIII, que abdicó al trono antes de llegar a ser coronado.
Aunque es un lugar santo y de veneración para muchos no lo fue, como en el caso de los hombres de Cromwell que asentaron su campamento en la abadía y “tuvieron la desfachatez de profanar el altar reuniéndose en torno a él y mancillarlo con su tabaco”. Eso no impidió que el mismísimo Cromwell recibiera sepultura en la abadía, pero cuando Carlos II recuperó el trono en 1660, ordenó exhumar el cadáver y colgarlo en Tyburn antes de decapitarlo, y eso que ya estaba muerto.       
Enrique V se encuentra enterrado en la abadía con su yelmo, su escudo y la silla que montó en la batalla de Agincourt en 1415, durante la Guerra de los Cien Años, y con la que consiguió unir a su trono el Reino de Francia. A parte de ganar la batalla, se casó con Catalina de Valois, la hija del rey francés que llevó al matrimonio como dote todo un reino, concretamente el francés. Catalina también se encuentra en Westminster, donde permaneció más bien insepulta durante 300 años, según se dice Samuel Pepys un buen día entró en el lugar donde se encontraba la difunta  (más bien su momia) y la besó en los labios, según él: quería besar a una reina en los labios.
Catalina tuvo un matrimonio breve con Enrique V, tan sólo dos años, tiempo en el que le dió el heredero necesario. Siendo viuda tan joven, volvió a casarse con Owen Tudor, un escudero de Gales, con el que tuvo varios hijos, a pesar de que los regentes del reino y todos sus contemporáneos lo consideraban algo inmoral. Pero gracias a ese matrimonio la dinastía Tudor llegó a reinar en Inglaterra, pues era la abuela de Enrique VII, padre del conocido Enrique VIII. Ya hemos dicho que Catalina se encontraba sepultada en un ataúd abierto, cerca de su primer esposo. El cuerpo fue finalmente enterrado en 1778 en una caja fuerte sin que estuviera a la vista, pero no fue hasta un siglo más tarde que se la enterró bajo el altar de la capilla de Enrique V, con una inscripción que dice: “Bajo esta losa descansa por fín, después de tantas vicisitudes, y por orden de la reina Victoria los huesos de Catalina de Valois, hija de Carlos VI, rey de Francia, esposa de Enrique V, madre de Enrique VI y abuela de Enrique VII, nacida en 1400, coronada en 1421 y muerta en 1438”


Westminster también está considerado como el panteón de los poetas, pues hay unos cuantos enterrados allí también. El primero de todos ellos fue Geoffrey Chaucer, en 1400, pero no por ser poeta, sino por haber sido un importante funcionario del siglo XIV. Otro que enterraron pero de una forma curiosa, pues lo hicieron verticalmente, para ahorrar espacio, fue Ben Johnson. A su lado tiene a James Macpherson, un embaucador literato del siglo XVIII, que detestaba y despreciaba a Johnson. Hay muchos más, como Milton, Gray, Goldsmith, Dryden, Wordsworth, Browning, Austen, Tennyson, Dickens, Hardy y Kipling.
Otros que también se encuentran enterrados en la abadía tuvieron que esperar turno para pertenecer a tan insigne panteón, como Shakespeare, que no mereció ese honor hasta 1740; a Burns no le tocó hasta 1885, a Blake en 1957 y D.H. Lawrence en 1985. Ahora ninguno de los literatos en activo que pasen a mejor vida, podrá alojarse toda la eternidad en la abadía, pues el cupo está completo, ya no hay sitio par nadie más, el último en conseguirlo fue Sir Lawrence Olivier.


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Ahora debemos tomar el lado de Parliament Square y cruzar St. Margaret Street hasta las Houses of Parliament, es decir las Casas del Parlamento. Justo en el lado opuesto de la Abadía de Westminster. Nos encontramos en lo que sería el palacio de Westminster, una antigua residencia real que ahora alberga la sede del gobierno británico. El edificio actual no tiene más de 160 años, pues en 1834 el antiguo palacio quedó reducido a cenizas en un incendio que, irónicamente, tuvo su origen en una ruptura de la tradición. En octubre de aquel año, se ordenó la quema de miles de “varas de cuentas”, unas tablillas de madera de olmo que se empleaban en la Edad Media como sistema de cómputo. No se les ocurrió mejor idea que incinerarlas en el horno del sótano de la Cámara de los Lores, a media tarde empezaron a surgir las primeras señales de alarma. La temperatura en el interior de la cámara era tan elevada que sus señorías lo notaban a través de las botas. Poco después, la humareda era ya tan densa que no se veían las paredes. Por la noche, las llamas ya asomaban por debajo de las puertas y al día siguiente, casi todo el palacio había sido devorado por el fuego. Sólo se salvaron St. Mary Underfoot, la cripta y los archivos del Parlamento, Westminster Hall y la Jewel Tower.
Ante tal catástrofe, se convocó un concurso para su reconstrucción, al que se presentaron 97 planos diferentes. El arquitecto ganador fue Charles Barry, que diseñó un edificio en estilo neogótico, muy ornamentado y rematados por tres torres. El interior del palacio se encargó a Augustus Welby Pugin, ya fueran los frescos de los techos, el embaldosado de los suelos y las vidrieras hasta el empapelado de las paredes, los relojes, las chimeneas e incluso los paragüeros.
En el interior del palacio de Westminster reina un ambiente singular, a medio camino entre lo que sería una estación de ferrocarril de la época victoriana, un colegio británico y un escenario de un cuento de terror gótico. Tal es así que de la actual sede se ha llegado a decir que recuerda a la Constitución británica, pues es antigua, laberíntica, minuciosa, difícil de asimilar que parece el resultado de incontables añadidos.

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No se trata pues de un edificio acogedor, pues más bien es una construcción impresionante, de gigantescas proporciones y una complejidad ornamental que cuando lo ves te deja sin aliento cuando lo contemplas.


Ya hemos dicho que las Casas del Parlamento tienen tres torres, la torre del Reloj, de 100 metros, la Torre Central, de 92 y la Torre Victoria, la más alta con 105 metros. En contra de lo que muchos suponen, el Big Ben no es una torre, ni tampoco un reloj, sino una campana de dieciseis toneladas instalada en la torre del Reloj. Sin embargo, gracias a la BBC, el Big Ben determina la hora oficial de Gran Bretaña y de buena parte del mundo. Cada hora resuenan las 16 notas de su melodía, seguidas de las campanadas que indican la hora.
Hay dos teorías sobre el origen del nombre de Big Ben, la primera apunta a que habiéndose reunido la Cámara de los Comunes con el fin de elegir un nombre para la campana, las deliberaciones se prolongaron hasta bien entrada la noche, sus señorías no veían la hora de dar el asunto por zanjado, pero no lograban ponerse de acuerdo, hasta que uno de los diputados comentó “¿Por qué no lo llamamos Big Ben?”, que no era sino el apodo del voluminoso comisario jefe de obras de Westminster, sir Benjamin Hall. La segunda teoría sugiere que la campana fue bautizada así en honor de otro voluminoso Benjamin, en concreto Benjamin Caunt, un célebre boxeador y dueño del Coach and Horses, conocido pub de St. Martin’s Lane.


Hay una curiosidad que pocos saben, y es que en el verano de 1858, la Casa de los Comunes se vio obligada a suspender sus deliberaciones a causa de cierto olorcillo que llegaba del Támesis. Un industrioso ciudadano tuvo una genial idea, canalizar los fétidos gases de las alcantarillas de Londres hasta el último piso de la torre del Reloj, donde supuestamente servirían para iluminar el Big Ben. Lo curioso es que la Casa de los Comunes, había aprobado tan descabellado plan, que si se hubiese consumado habría provocado una explosión capaz de reducir el edificio a escombros. Por fortuna un ingeniero profesional puso fin a tan singular proyecto al avisarles que entre estos gases se encuentra el metano y el sulfuro de hidrógeno, gases altamente inflamables, y una chispa o un punto de ignición en su presencia podría producir un incendio o una explosión si las concentraciones de ambos gases son lo suficientemente altas. Gracias a Dios que le hicieron caso, pues sino lo que ahora conocemos como el Big Ben, se habría convertido en una enorme antorcha en el mejor de los casos.


Una vez visto el parlamento y el Big Ben podemos acercarnos al Westminster Bridge para admirar las vistas que nos ofrece, y tomar un poco de aire para seguir el recorrido. Después atravesamos Parliament Square hasta Great George Street, para llegar a Churchill War Rooms.
Durante la II Guerra Mundial, sir Winston Churchill y su gabinete dirigieron las operaciones militares desde un búnker subterráneo entre Parliament Square y la residencia del primer ministro en el nº 10 de Downing Street. Churchill tenía su propio dormitorio con escritorio y una cama, aunque sólo lo utilizó para dormir en tres ocasiones. Algunos de sus discursos más importantes durante la guerra los dio desde este escritorio. Al lado de la cama se puede ver un cenicero, como si el primer ministro acabara de salir de la habitación fumando uno de sus famosos puros. El resto de estancias se han conservado tal y como estaban en pleno conflicto, tenemos la Sala del Gabinete, donde los jefes de personal tomaban decisione, y en la Sala de Mapas. los oficiales de la armada, del ejército naval y aéreo registraban los aviones abatidos en la batalla de Gran Bretaña. Tal vez os sorprenda ver en una de las habitaciones un armario para escobas, pero en realidad daba paso a la sala de telefonía transatlántica, que mantenía en permanente contacto a Churchill con la Casa Blanca.

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Después de esta interesante visita subiremos por Whitehall hasta la Horse Guards Parade, para llegar debemos dejar atrás el número 10 de Downing Street, nos encontramos con el conjunto de edificios que reemplazó al antiguo palacio de Whitehall, que ardió en los años sesenta. Hoy en dia la Horse Guards es famosa por albergar la Caballería Real, cuyos soldados van ataviados con los sombreros de plumas, las botas de caña alta, que deben estar lustrosas y las espadas en puño. Dos de ellos hacen guardia cada día desde las 10 hasta las 16 h. A las 11 de la mañana se celebra la Horse Guards Parade, menos los domingos que es una hora antes. También es conocida como la Changing The Queen’s Life Guard. Por la tarde, a las 16 horas en la entrada que da a Whitehall suele hacerse un pequeño acto público en el que se inspecciona y se pasa revista a la guardia, es la ceremonia de Desmonte. Si tenéis suerte podéis ver a los soldados cuidar de sus caballos en los establos del siglo XVIII, o visitar el Household Cavalry Museum donde podremos descubrir que estos dos regimientos escoltan al monarca desde hace más de 350 años.
Ahora después de una mañana movidita y para descansar un poco qué tal si cogemos algún bus de dos pisos que nos lleve hasta Mayfair, si queréis se puede ir andando, eso ya depende de lo cansados que estéis. Os propongo tomar cualquiera de estos autobuses: 453,159 o 88 que en unos 15 minutos os llevaran cerca del Sketch Parlour Café, un café con una decoración Luis XV que pega muy bien con los pasteles que sirve, este café también es un club nocturno.  Esta situado en Conduit Street, W1. La carta es muy curiosa como podéis ver en este enlace, y si queréis visitarlo virtualmente en este otro. Lo reconoceréis porque en la fachada hay la figura de un perro mirando hacia abajo.
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La próxima visita se sitúa ya en el barrio de Mayfair, y es la Händel House Museum. Situada al sur de South Moulton Street está la casa donde Georg Friedrich Händel vivió desde 1723 hasta su muerte en 1759, aquí es donde escribió alguna de sus más bellas composiciones, como El Mesías, y Música para los reales fuegos de artificio. En el museo podemos encontrar una colección de cartas, grabados y primeras ediciones de óperas y oratorios.  De aquí nos iremos hasta Manchester Square, para ello continuaremos por Brook Street y giraremos a la izquierda en Duke Street. En el camino atravesaremos Oxford Street, como curiosidad comentaros que esta calle sigue el mismo trayecto que se hacía antaño para ir desde la prisión de Newgate hacia la horca de Tyburn, era conocida en su tiempo como la Tiburn Way, y a lo largo de ella se instalaban tenderetes para las multitudes que acudían a ver las ejecuciones.

512px-The_dance_to_the_music_of_time_c._1640.jpgNos dirigimos hacia Manchester Square, donde está ubicada en un elegante edificio la Wallace Collection, donde el marqués de Hertford empezó a coleccionar en el siglo XVIII unos retratos de sus hijos realizados por sir Joshua Reynolds, y adquirió seis cuadros más, esta vez de Canaletto, a los que iría añadiendo otras obras de Rembrandt, Tiziano y Velázquez. Aquí encontraremos “El Columpio”, de Fragonard y “Una danza con la música del tiempo” de Poussin. No sólo coleccionó cuadros sino que también mobiliario del conocido ebanista francés del siglo XVIII André-Charles Boulle. También hay una de las colecciones más valiosas de armas y armaduras del Reino Unido, esta colección es de Sir Richard Wallace, el hijo ilegítimo del cuarto marqués de Hertford y la señora Agnes Jackson, fue criado en París por su abuela desde los seis años. El cuarto marqués nunca reconoció su paternidad, así que tuvo que tomar el apellido de soltera de su madre, es por ello que la colección lleve dicho apellido. En 1870 heredó la colección de su padre, un apartamento de la Rue Laffitte, el Chateau de la Bagatelle y algunas fincas en Irlanda. En cambio el marquesado pasó a manos del primo de su padre, pero consiguió comprar el contrato de arrendamiento de Hertford House al quinto marqués. Dos años después de heredar fijó su residencia en Londres y se trajo muchas de sus mejores obras de arte, como la mansión Hertford estaba en obras para acomodar al nuevo dueño y a su familia decidió exhibir su colección en el Museo Bethnal Green, donde fue toda una sensación popular visitado por miles de personas. En 1871 compró las colecciones de armas y armaduras europeas medievales y renacentistas que había pertenecido al conde de Nieuwerkerke, el antiguo director general de Bellas Artes de Napoleón III, también compró toda una selección de armas y armaduras europeas recogidas por Sir Samuel de Rush Meyrick un año más tarde. Al final la única que vivió en Hertford House fue su viuda, pues primero murió el hijo de ambos, y más tarde el mismo Wallace, así que la única heredera de todo fue una asistente en una tienda de un perfumista, que acabó convertida en una lady que supo cumplir el deseo de su marido de legar su colección de arte y armaduras, a la ciudad de Londres.