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martes, 9 de diciembre de 2014

Barcelona: paseando del Palau Moja a lo que queda de la Casa Gralla un palacio renacentista desmontado piedra a piedra...

Con este post vamos a empezar una nueva serie de artículos dedicados a una ciudad concreta, la de Barcelona, la tercera ciudad más fotografiada del mundo. Lugar en el que vivo y que me encanta descubrir día a día, porque hay muchas Barcelonas. Barcelona no es sólo el Barrio Gótico, o las Ramblas, o la Sagrada Familia... Barcelona es mucho más, es una ciudad formada por barrios, barrios que por suerte aún parecen pueblos a los que no suelen llegar muchos turistas, y no saben lo que se pierden. Si sólo visitando una parte importante de la ciudad, ya somos una ciudad con un gran atractivo turístico, cuando sepan que hay más por descubrir esto será un no parar... 

Antes de los Juegos Olímpicos del '92 Barcelona no era muy conocida, era la segunda ciudad de España, después de la capital, Madrid. Gracias a que se consiguieron los juegos la ciudad cambió por completo, se modernizó, se abrió al mar, se hizo más cosmopolita... al igual que sus habitantes, a los que les encanta mostrar su ciudad y como no, presumir de ella. Cuando viajas y por casualidad te preguntan de donde eres, y tu respuesta es Barcelona, tu interlocutor siempre exclama: ah! Barcelona, me encanta, yo he estado, o bien: sin duda, algún día iré a visitarla... Barcelona ya no es sólo una ciudad, ya es una marca, un estilo, una forma de vida...

Yo os hablaré de la Barcelona secreta, de la escondida, la de los barceloneses que tanto la quieren, de su historia y anécdotas, de sus gentes y de sus visitantes ilustres.
Hoy empezaremos por una zona en la que suele haber más turistas per capita, que en el resto de la ciudad, pasearemos por dos barrios, el "barri del pi" y el vecino "barri de Santa Anna" en pleno barrio gótico. Estos dos barrios se formaron en el siglo IV extramuros, cuando la ciudad de Barcelona tan sólo era un pequeño reducto amurallado sobre el Mont Tàber, entre el camino de Sant Cugat del Vallés, que salía del Portal Bisbal, y el del Llobregat, que salía del Portal del Castell Nou. Durante los quinientos años posteriores esta zona era un lugar solitario, no fue hasta el siglo X cuando empezó a poblarse alrededor de la Iglesia del Pi, con casas y huertos, y donde se celebraba algún mercado medieval. Con el tiempo los dos barrios fueron creciendo en habitantes, en huertos y en obradores, al mismo tiempo que crecía su influencia económica sobre el poder establecido de dentro de las murallas. Precisamente para salvaguardar la importancia que estaba teniendo estos barrios, Jaime I decidió levantar unas nuevas murallas en el siglo XII que acogían a estos barrios y a su vez protegían el primer recinto de murallas. Esta nueva muralla subía desde el mar siguiendo la riera de l'Areny (la actual Rambla) giraba por la calle Fontanella (donde está el Corte Inglés) bajaba por el Passeig del Comerç hasta el mar. Estos dos barrios siempre han estado poblados por clases menestrales, de artesanos, tenderos y obreros que trabajaban en las fábricas textiles que aparecieron en el barrio con la llegada de la revolución industrial y que actualmente son los barrios comerciales por excelencia.
Nuestro paseo comienza en la esquina de la calle Portaferrissa con la Rambla. La calle Portaferrissa sigue el trazado medieval de la Vía Augusta, según la tradición  Ramón Berenguer III, en una audaz incursión a tierra de moros, desembarcando frente a Almería, se apoderó de aquella ciudad y como recuerdo y muestra de su hazaña, se trajo a Barcelona la puerta de la Alcazaba de Almería (está referido por numerosos cronistas de la época). Dado que los musulmanes acostumbraban a hacer puertas totalmente revestidas de hierro o de bronce para sus edificios principales no es muy difícil de creer. El nombre de Portaferrissa puede venir de la referencia a las enormes puertas cubiertas con grandes planchas de hierro, para evitar su asedio cuando construyeron la muralla. Otros dicen que el nombre viene por una barra de hierro que se utilizaba para contrastar medidas longitudinales, o de los recipientes de cobre que estaban colocados sobre la puerta para establecer un control sobre las medidas de capacidad para evitar disputas entre clientes y comerciantes, bajo el arbitraje del funcionario que se encargaba de vigilar las buenas prácticas comerciales.

A nuestra derecha podemos ver una fuente encastrada en la pared, bajo una arcada, decorada con unos dibujos coloridos en cerámica embaldosada (decoración de 1959), y con dos caños de agua, ésta fuente abastecía de agua potable a los que vivían en el interior de las murallas. Su construcción data del 1680, con piedra de la cantera de Montjuïc, eso la que vemos ahora, porque en su origen (1604) estaba situada en un descampado que había en la esquina de la Rambla con la calle del Carme, cerca del colegio jesuita de Betlem. Se ve la muralla con la Porta Ferriça y un santo levitando encima, es Sant Josep Oriol, como medida de protección de la puerta. En 1680, el rector de la escuela obtuvo el permiso para trasladar la fuente original a un nuevo emplazamiento, para así poder erigir una capilla que sustituyese la que se había quemado unos años antes. El permiso establecía que podía ser adosada a la torre de la muralla del lado mar que flanqueaba la Porta Ferriça, de esta manera se aligeraba a los vecinos de la costosa tarea de atravesar el torrente de L'Areny, la actual Rambla, para ir a buscar el agua.
En 1959, durante las fiestas patronales de La Mercé, la asociación de vecinos de las calles Portaferrissa, Cucurulla i Boters financiaron el embaldosado que hoy podemos contemplar. Es obra del ceramista Joan Baptista Guivernau, en ella podemos leer una explicación de su historia.
A mitad del siglo XIX, al lado de la fuente se instaló una pequeña barraca de madera donde se vendía anís y azúcar para los que iban a beber a la fuente y querían refrescarse con algo más que agua. Por culpa del éxito de esta primera parada, empezaron a instalarse otras alrededor que incluían algunas mesas, era tal el revuelo que se formaba en la puerta y la estrechez del paso que el ayuntamiento decidió cerrarlas todas, pero una de ellas se estableció en la casa de la esquina, con entrada por la Rambla.
En el número 1 de esta calle encontramos un edificio de estilo neoclásico que ocupa el solar donde antiguamente estuvo el Palau Cartellà, derribado en el 1771 y que era propiedad de Pere Desbach, el marqués de Cartellà. La nieta del marqués Maria Lluïsa Descatllar, hizo derribar la muralla que daba a la Rambla, incluida la Porta Ferriça y las dos torres que la flanqueaban, pues necesitaba espacio para construir el actual palacio, el encargado de las obras fue el arquitecto Josep Mas i Dordal el año de 1774.
Saló del Vigatà
Hay que recordar que en el momento de la construcción del palacio la riera de l'Areny empezaba a urbanizarse para convertirse en lo que más tarde sería la Rambla. Por esta razón la fachada principal del Palau Moja se orientó hacia la calle Portaferrisa, es por ello que visto desde la Rambla es sobrio, de líneas rectas y sin mucha decoración.
En cambio la puerta principal es exageradamente voluminosa para lo que eran los carruajes de la época, teniendo en cuenta que la calle tampoco es que sea muy ancha. El Palau Moja no está abierto al público más que en contadas ocasiones, pues es utilizado como oficinas de la Generalitat.
En el 48h Barcelona Open House de este año pudimos visitarlo, ver el patio de entrada, la gran escalinata, y los salones bellamente decorados que reflejan los aires sofisticados del siglo XVIII. En el salón principal se organizaban los mejores bailes de la ciudad a los que acudían los más ilustres personajes. En el año 1785, los marqueses Moja se instalaron en el segundo piso donde vivieron hasta el año 1865 cuando la última marquesa, Josepa de Sarriera i Copons, murió sin descendencia dejó dicho en su testamento que se vendiera el palacio y que el dinero obtenido fuera destinado para obras piadosas, en 1870 lo compró Antonio López López, el futuro marqués de Comillas que se instalará en el 5 años más tarde. El marqués de Comillas era un naviero destacado que se hizo muy rico comerciando con Cuba (entre estos negocios se encontraba el comercio de esclavos) fundó la Compañía Transatlántica, el Banco Hispano Colonial y la Compañía General de Tabacos de Filipinas.. Mientras el marqués vivió en él, el palacio lució con todo su esplendor gracias a las fiestas y recepciones que se hacían en él. Un año después de instalarse en palacio, acogió bajo su protección a Mossèn Jacint Verdaguer, el cual se quedó en palacio durante 15 años ejerciendo como capellán de la familia. Después de la muerte del marqués de Comillas el palacio pasó a manos de su hija, que estaba casada con Eusebi Güell, (el mecenas de Gaudí). Los porches que hay en la Rambla pertenecían al palacio, hasta que en 1934, a raíz de un convenio con el ayuntamiento se abrieron para facilitar el paso por la Rambla.
En 1971 hubo un incendio bastante grande y el palacio quedó abandonado durante más de una década. En 1982 la Generalitat lo compró y lo restauró tal y como lo podemos ver en la actualidad. Desde entonces es la sede de la Dirección General del Patrimonio Cultural de la Generalitat. Este palacio ha alojado a lo largo de su historia a visitantes ilustres como Juan Bosco, Alfonso XII y a Juan Carlos I cuando era todavía príncipe.


Pero este no es el único palacio que hay en la calle, en el número 7 y 9 está el Palau Palmerola, también conocido como el Palau dels Comtes de Fonollar. Es del año 1600 y está situado justo delante de la misma calle Petritxol. Hace unos 10 años se encontró un magnífico mural en uno de sus salones, tal y como cuenta el gran cronista de Barcelona Josep Permanyer en este artículo. Tampoco se puede acceder al palacio a no ser que seas un vecino, aunque se puede ver un poco el patio bien conservado y la escalera cubierta sobre columnas toscanas, gracias a la nueva puerta que han hecho.
En el número 11 podemos ver símbolos masónicos encima de la puerta en las manos de dos niños entre ellos unos ladrillos, uno tiene un compás y una paleta y el otro una regla y un nivel en forma de triángulo, los tres vértices del cual son representativos de los tres principios de la masonería: igualdad, libertad y fraternidad (principios heredados de la Revolución Francesa). Esta escultura no figuraba en los planes originales, se le añadió poco antes de inaugurar el edificio por una imposición del propietario. En este edificio estaba el antiguo Ilustre Colegio de Notarios, ahora hay una pensión.
En el número 13 se conservan los restos de la que fue antigua Procura de Montserrat, es decir la representación en Barcelona del monasterio benedictino de Montserrat. Este edificio fue construido en el siglo XV, aunque la puerta renacentista es posterior, del siglo XVI (puerta que fue trasladada al pasaje interior, tiene un frontón con un relieve de la Virgen de Montserrat en medio de la montaña, con las cimas llenas de ermitas.  El edificio actual fue construido en el siglo XIX. La fachada que se encuentra en el pasaje interior era la original del Palacio Magarola construido en el siglo XV, pero a causa de la transformación del año 1880 se colocó en el lugar que está ahora. tiene un escudo en la puerta que da a la calle, es del siglo XIX.
En el número 17 está la Casa Martí Fabregues, hay una gran cornisa guarnecida con máscaras de la época de Luis XIV, en la entrada del edificio hay la figura de un camello de resina, que nos da paso a un "mercadillo" en la ciudad se le conoce como el "mercadillo del camello" ya veis que no nos rompemos mucho la cabeza...Al fondo del patio y una vez pasado el mercadillo podemos acceder a un patio interior con un bar con terracita, ideal para desconectar del bullicio que nos rodea.

En el número 20 si contemplamos la pared, a la altura de los ojos, podemos observar una cerámica relativa a la fundación de la Cartuja de Scala Dei, cuyo fundador fue Alfonso de Aragón. Y que dice así:
       El Rey Alfonso de Aragón envió a dos caballeros por toda Cataluña en busca de un lugar adecuado para fundar una cartuja. Bajo la Sierra del Montsant, encontraron a un pastorcillo. El les manifestó que en aquel lugar se había reproducido el sueño de Jacob, es decir, la escalera subía hasta el cielo, con ángeles yendo y viniendo. Los caballeros consideraron el lugar adecuado para fundar una cartuja que se llamaría naturalmente, Scala Dei. 
Como podréis comprobar la tienda que está al lado de las cerámicas se llama del mismo modo, y seguramente fueron ellos los que la colocaron, pues hay más tiendas en la ciudad que también la tienen.

Ahora os recomiendo que levantéis la vista y miréis los balcones de los edificios, una de las características de estos balcones es que lucen las baldosas de cerámica, debajo de los mismos balcones. Era una manera de hacer balcones ligeros a través de una forja de hierro que se adornaba con cerámica de colores.


En el número 25 tenemos Can Jover, una casa que sustituyó a un edificio que pertenecía a la familia Desplà. El primer edificio que se construyó en este solar, era del año 1306, donde en 1461 se alojó el Principe de Viana. Después la casa se transformó en el Palau Gralla, del año 1516, el que fue el palacio renacentista más suntuoso de la ciudad y que se derribó para poder abrir la calle del Duc de la Victòria en 1843. La casa que actualmente podemos contemplar es del 1857, propiedad de la familia Jover, una saga de banqueros de Barcelona.. Como consecuencia de la ultima transformación del edificio en una galería comercial. El magnífico portal acabó en el Museo Santacana, en Martorell. Pero Puig i Cadafalch la copió para colocarla en la Casa Serra (rambla de Catalunya esquina con Córcega, la sede de la Diputación).
La historia de este palacio renacentista es singular. Era una casa de señorial aspecto, un notable ejemplar de la arquitectura del Renacimiento, con algunos detalles góticos, especialmente en el patio, cuyos arcos apuntados estaban sostenidos por columnas italianas. La unión de los dos estilos estaba hecha con gracia, la puerta y la fachada estaban muy ornamentadas, con grandes relieves y figuras. Construida "para el goce particular y para la pública decoración" como decía una leyenda del portal. Además obtuvo de los Consellers el privilegio de que le llegase hasta su interior el agua pública que venía de Collserola. La propiedad fue cambiando de dueños, de los Gralla pasó a la familia Aytona y por último a los Medinaceli, pero a mediados del siglo XIX el estado ruinoso de la casa era tal, que en diciembre de 1885 se comenzó el derribo para poder construir la calle del Duc de la Victòria (actualmente del Duc). Una vez la casa en el suelo, don José Xifré compró los restos de la misma por 5,000 pesetas de la época, con el propósito de reconstruirla por completo. Encargó al arquitecto Elías Rogent que desmontara la parte monumental y la clasificara y anotara para la posterior reconstrucción. Según una carta de este arquitecto que se conserva en el Archivo Histórico de la ciudad, cuenta que hizo depositar las piedras de la fachada en el baluarte de la muralla de Tallers, mientras que las del patio y otras del interior se guardaron en un almacén próximo al Claustro de Santa Ana. Después el señor Xifré mandó que las piedras de ambos depósitos se llevasen al terreno que poseía en Sant Martí de Provençals, en el lugar que hoy ocupa el Hospital de Sant Pau.
El arquitecto Rogent sospecha en otra carta, de que no todas las piedras guardadas fueron llevadas a Sant Martí, porque cuando posteriormente se construyó en la Plaza de Catalunya la estación de los ferrocarriles que llevan a Sarrià, apareció el dintel de la puerta de la Casa Gralla abandonado.
Y allí se quedó hasta que un día, el señor Santacana, un coleccionista de antigüedades se la llevó a su casa de Martorell. Cuando el señor Xifré murió las piedras quedaron olvidadas sin saberse a que parte del edificio pertenecían. En 1881 el marqués de la Casa Brusi las compró y confió la reconstrucción de la fachada (bueno el creía que era la fachada) al arquitecto Agustí Font, el mismo que se encargaría de la fachada de la Catedral de Barcelona (si señores, nuestra catedral tenía una fachada que era fea de narices, tal era la fealdad de la misma que cuando teníamos algún visitante ilustre la cubrían con tapices y todo porque hacía 400 años que aún no se habían decidido como hacerla, hasta que allá por la década de 1880 decidieron que ya era hora de mejorar un poco su visión y encargaron el trabajo a éste arquitecto, que junto a Josep Oriol Mestres nos dieron por fin una fachada decente, neo gótica, pero mucho mejor que lo que había).
Agustí Font se volvió loco buscando las anotaciones que se suponía que existían para la reconstrucción, pero el pobre no las encontró y tuvo que hacer lo posible con su saber hacer e imaginación.
Pero el claustro no se quedó en el lugar reconstruido de Sant Gervasi, sino que años más tarde fue de nuevo desmontado y pasó de mano en mano por diferentes puntos de la geografía española, hasta el punto que Herberto Gut, el propietario de la empresa Prosegur, lo compró a un anticuario de Málaga y se lo llevó a Hospitalet donde lo reconstruyó en la sede central de su empresa y puede ser visitado.