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domingo, 25 de mayo de 2014

Del Madrid medieval al Madrid de los Austrias...breve historia de la Plaza Mayor.

http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/b/bb/Plaza_Mayor_de_Madrid_02.jpg 



De aquel Madrid inicial de los Austrias que pugnaba por salir del recinto enmurallado, nos queda el recuerdo de 5 puertas de las que sólo conocemos el lugar: la de Guadalajara, al comienzo de la Calle Mayor, la de Segovia, que daba al río, la de los Moros, que estaba cerca de la calle de Don Pedro, la de Balmadeo al lado del actual Convento de la Encarnación y por último la de la Puerta Cerrada, justo en la plaza que lleva su nombre en la frontera entre el señorial barrio de los Austrias y el de la Latina.
Nuestro recorrido comienza en la Plaza Mayor, que lleva ese nombre desde principios del siglo XVI. Juan de Herrera fue el encargado de hacer el proyecto de remodelación de la antigua plaza del Arrabal, llamada así por estar fuera de la ciudad, por la mísera cifra de 900,000 ducados, y su construcción no comenzó hasta el 1617, bajo la dirección de Juan Gómez de Mora y por orden de Felipe III.
El 15 de mayo de 1620, poco después de reconstruida la plaza, se celebró la beatificación de San Isidro, con procesiones, danzas, bailes de máscaras, fuegos y encamisadas, la fiesta duró seis días, armándose en medio de la plaza un castillo de fuegos artificiales que se quemó por descuido.
La tradición nos cuenta que en la Pradera de San Isidro, a orillas del río Manzanares, viviera el santo con su esposa, Santa María de la Cabeza, cuidando de las tierras de un rico hacendado. Parece ser que para que el santo pudiera orar, los ángeles bajaban para arar los campos. Así le ayudaban a no descuidar sus obligaciones terrenales en pos de las celestiales. También se asegura que cerca de la casa y por intercesión del santo labrador brotó una fuente de aguas con propiedades curativas contra las calenturas. Tanta fue su fama que el mismo rey Felipe III las probó y según se cuenta con un éxito total.
http://www.memoriademadrid.es/imagen.php?w=1&i=/OTROS/Imp_10254_mh_4003.jpgLa planta de la plaza es rectangular y está recorrida por soportales. Herrera había diseñado la plaza con el fin de dotar a la villa -que había experimentado con su reciente nombramiento como capital un crecimiento extraordinario- de un escenario adecuado para los acontecimientos sociales en los que coincidían el pueblo y la corte: autos de fe, bailes, ejecuciones... Bajos las arcadas abundaban las tiendas dedicadas a paños, bisutería, tabernas, pastelerías... aún quedan en ella algunos comercios singulares.

De entre los acontecimientos históricos que se vivieron en la plaza, cabe destacar los numerosos autos de fe que se celebraban como el del 21 de enero de 1624, que se celebró para juzgar a Benito Ferrer, sentenciado por fingirse sacerdote, a ser quemado vivo en el brasero que se formó en las afueras de la Puerta de Alcalá. A esta "ceremonia" asistieron los consejos y autoridades, con todo el séquito de costumbre, los familiares de la Inquisición y las comunidades religiosas. Otro auto de fe se celebró en 4 de julio del 1632 para juzgar a 33 reos por delito de herejía, a éste asistieron la Santa Inquisición de Toledo, la Suprema, los Consejos de Castilla, Aragón, Italia, Portugal, Flandes y las Indias. Incluso estuvo presente el rey, que junto con su familia lo presenciaron desde el balcón séptimo del ángulo de la plaza que da a la Cava de San Miguel. Pero el más horrible de todos sucedió el 30 de junio de 1680, el espectáculo fue dantesco y largo, ya que duró de las siete de la mañana  hasta bien entrada la noche, en el cual perecieron 80 reos, de éstos a 21 los quemaron vivos...vamos, que la Inquisición de "santa" no tenía nada...

Debido a los primeros incendios que alarmaron  tanto a la población madrileña, llevaron al Consejo de la Villa a redactar el 9 de julio de 1577 el primer acuerdo sobre fuegos, haciéndose imprescindible reunir a un grupo de hombres, dotados del material necesario para socorrer a la capital en los casos de incendios. 
http://www.memoriademadrid.es/imagen.php?w=1&i=/OTROS/Imp_10231_mh_2482.jpgEntre otros materiales se compraron aguatochos o jeringas grandes, 24 cubetas de cuero, 6 garfios con picas largas, 12 palanquillas de hierro, 12 azadones de monte, 12 piquetas, 6 maromas delgadas, 2 escaleras largas y 6 carros cubas de agua para que los carpinteros, oficiales de obras y alarifes acudieran a los fuegos cuando se les diera la orden por medio de las campanadas de las iglesias.
La Plaza mayor también sufrió en sus edificios el paso del fuego, el 7 de junio de 1631, estalló en el edificio de la Carnecería un horroroso incendio que duró tres días y donde murieron 13 personas y se quemaron unas cincuenta casas, a pesar de todos los socorros humanos y divinos pues se sacaron todos los santos y vírgenes disponibles de las parroquias cercanas, se levantaron altares en los balcones y se decían misas continuamente, desapareció convertido en cenizas todo el lado sur. Cuarenta años después, otro pavoroso incendio volvió a asolar la plaza. Esta vez fue en el otro lado, debido a ello el Padre Nithard acometió la reedificación de la plaza y mandó construir de nuevo la Casa de la Panadería, sobre el antiguo pórtico.
El 16 de agosto, a las once de la noche, se originó un incendio entre el Arco de Cuchilleros y el Arco de Toledo. El fuego permaneció vivo durante nueve días y aunque asistieron más de mil hombres, las bombas, aguatochos y más de 750 cubos y espuertas, resultó imposible evitar que desapareciera la plaza en un tercio de su perímetro.
Durante esos días se gastó en extinguir el incendio más de medio millón de reales y se repartieron más de 46.000 raciones de pan y queso para los que trabajaron sin descanso en uno de los mayores incendios que ha sufrido nuestra ciudad.
El rey Carlos IV puso a disposición de los 1302 madrileños afectados un millón de reales de su real erario. 
En la plaza se han realizado numerosas canonizaciones, a parte de la de San Isidro, tenemos la de San Ignacio de Loyola, la de San Francisco Javier, la de Santa Teresa de Jesús y la de San Felipe Neri, para ello usaban altares portátiles, se hacían procesiones, máscaras, luminarias junto con timbales y trompetas, incluso una comedia de Lope de Vega se representó en la misma plaza, todo el mismo día el 19 de junio de 1622. 
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Carlos I de Inglaterra
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doña María de Austria
Cuando había que coronar al nuevo rey o celebrar sus defunciones, o bien recibir a otros monarcas el lugar elegido era el mismo que para los autos de fe, es decir la Plaza Mayor. Ese fue el caso de la visita del Príncipe de Gales (el que sería después Carlos I de Inglaterra), que se alojó en la Casa de las Siete Chimeneas. A principios de marzo de 1623 Carlos Estuardo, Príncipe de Gales y único hijo varón vivo de Jacobo I de Inglaterra se plantaba delante de las puertas de la residencia del embajador inglés en Madrid después de haber atravesado media Europa a caballo, de incógnito y con la única compañía de dos fieles servidores y del futuro Duque de Buckingham, que, aparte de ser amigo personal suyo, también disfrutaba de la condición de favorito (o valido) de su padre. A pesar de los peligros y dificultades que una aventura de este calibre suponía, el joven príncipe convenció a su padre, aunque con mucha dificultad, para que le dejara marchar. Estaba convencido de que con su presencia en Madrid forzaría a los españoles a cerrar de una vez por todas las negociaciones de matrimonio que las coronas de España e Inglaterra habían estado manteniendo, con más o menos altibajos, desde, al menos, 1611. Sin embargo, a pesar de que el Príncipe de Gales permaneció en Madrid aproximadamente seis meses, las negociaciones acabarían con un rotundo fracaso y Carlos finalmente se vería obligado a volverse a Inglaterra  sin esposa ( la infanta doña María) y profundamente herido en su orgullo. Para honrar al visitante se celebraron varias procesiones de Semana Santa con todas las congregaciones religiosas de la ciudad, todos en silencio y contemplación iban desfilando por las callejas de los alrededores con Cristos en las manos, cruces, calaveras y sacos de silicio, con coronas de espinas y los cuerpos ensangrentados... no me extraña que no hubiera intención de boda por parte del inglés, cualquiera habría salido corriendo... encima, el rey anfitrión que por aquel entonces contaba con 18 años (y era amigo de fiestas y aventuras) también dispuso una fiesta de toros para obsequiar a su invitado.
Como el posible noviazgo de la infanta se frustró, seis años después, el 12 de octubre de 1629 volvió ha haber toros y cañas para festejar el casamiento (esta vez sí) de la antigua prometida del Príncipe de Gales, doña María, con el rey de Hungría. Para la fiestecita se gastaron doce millones de reales y las fiestas duraron cuarenta y dos días, eso sí que es una celebración...
Pasaron los años y en 1700 fue proclamado en la plaza un nuevo rey, esta vez de la casa de Borbón, don Felipe V,  (el "Animoso") que  heredó el trono español del último descendiente de la casa de Austria en España, Carlos II,  (el "hechizado") que murió sin descendencia directa. Este rey le nombró heredero y a su muerte en 1700, el duque de Anjou subía al trono con el nombre de Felipe V.
Durante su reinado la plaza se convirtió en un mercado público con puestos para la venta de comestibles,  que se sacaban cuando era necesaria utilizar la plaza par algún acto solemne, como sería el caso para la proclamación de Fernando VI,  (el "Prudente") o a la entrada de Carlos III (el mejor alcalde de Madrid) y después Carlos IV. (el "cazador").
Cuando Carlos III, virrey de Nápoles, pasó a ocupar el trono español, se trajo consigo a don Leopoldo de Gregorio, Marqués de Esquilache, que pronto fue nombrado ministro de Hacienda.  El ministro tomó unas medidas económicas muy drásticas que supusieron una subida del coste de la vida importante, si le añadimos envidias y resquemores, se puede decir que no gozaba del favor del pueblo.

La revuelta de la capa larga y el chambergo

Así llegó el 22 de enero de 1766 y se publicó la Real Orden (promovida por el marqués) que prohibía a los funcionarios el uso de la capa larga y el chambergo, (hay que decir que Madrid era una ciudad con un alto índice de delincuencia, la impunidad de los ladrones y asesinos se veía favorecida por el uso de la capa larga y el sombrero de ala ancha y caída que permitía el anonimato) por ello se obligó a que estas vestimentas se debían cambiar por el sobrero de tres picos, que dejaba la cara descubierta y la capa corta, para que se pudiera ver la espada por debajo de ella, además de seguir la moda europea. Para ello, el gobierno contrató sastres que protegidos por la guardia, se encargaban de recortar capas y recoser sombreros a las personas que entraban y salían de los edificios públicos y que aún no habían acatado la orden. Los madrileños cumplieron el bando a regañadientes, pero el 10 de marzo se publicó otro bando en el que se hacia extensiva la prohibición a todos lo ciudadanos. El cabreo monumental de la gente hizo que se arrancaran los pasquines y fueran cambiados por otros que incitaran a la revuelta, que se conocería como el Motín de Esquilache, hay que decir que el ambiente estaba muy caldeado e instigado por motivos políticos. El día 23, Domingo de Ramos, en la Plazuela de Antón Martín, se colocaron un par de individuos ataviados con dos largas capas y sombreros redondos. Los soldados intentaron detenerlos por contravenir la ley, pero ante el vocerío de las calles contiguas surgieron más de una treintena de individuos que desarmaron a los soldados, e iniciaron la marcha por la calle de Atocha, gritando "¡Viva el Rey!¡Muera Esquilache!. En cuadrillas se desparramaron por la ciudad, llegando a asaltar la casa del marqués, que era la famosa casa de las Siete Chimeneas en la calle de las Infantas.  El motín duró varios días y el balance de muertos fue trágico, los palacios fueron asaltados, se profanaron templos...El rey se encolerizó y se fue a vivir al Palacio de la Granja, amenazando con trasladar la corte. Pero lo que más le molestó al rey no fue el motín en si, sino la coplilla que se cantaba:

motin esquilache          
           "Yo, el gran Leopoldo primero
            marqués de Esquilache augusto,
            rijo la España a mi gusto,
            y mando a Carlos tercero.
            Hago en los dos lo que quiero,
            nadie consulto ni informo,
            a capricho hago y reformo,
            a los pueblos aniquilo,
            y el buen Carlos, mi pupilo,
            dice a todo: ¡Me conformo!"

Al final el pueblo consiguió lo que quería, Esquilache desterrado, que los precios bajaran, que el ejército Valón se fuera, que los minstros del rey fueran españoles y que el rey se asomara al ablcón para ratificar y aceptar todas sus peticiones. El pueblo ganó el pulso a la corona, pero ésta utilizó el motín para inculpar a la orden jesuita de todos los altercados que sucedieron y expulsarlos del país. Poco después el Conde de Aranda consiguió imponer la nueva moda de la capa corta y el sombrero de tres picos, sin la menor violencia, tan sólo con psicología inversa. Primero fueron los nobles los que lo acataron, luego los gremios, y por último la plebe. Qué cómo lo hizo, pues ordenó que obligatoriamente usaran la capa larga los verdugos y sus ayudantes para ejercer sus macabras tareas.
A principios del siglo XIX, en 1813 concretamente se levantaron arcos triunfales para recibir a las tropas anglo-hispano-portuguesas al mando del duque de Wellington. Ese mismo año, el 15 de agosto se proclamó la Constitución de la Monarquía Española (la "Pepa"), promulgada en Cádiz y se descubrió sobre el balcón de la casa de la Panadería una lápida con la inscripción " Plaza de la Constitución", lápida que a lo largo de los años de 1820 a 1874 iría cambiando su dedicatoria, de este modo se llamó Plaza Real, Plaza Constitucional, Plaza de la República... dependiendo siempre de quienes eran los que estaban en el gobierno.

Si queréis ver como ha ido cambiando la plaza a lo largo del tiempo... clicar en el enlace. En un próximo post hablaremos de los edificios más destacados de la plaza, nos vemos!